sábado

La nada en la mediana edad

Mi viejo siempre me dio curiosidad, por su propia personalidad que nunca llegué a entender, o entendí mal, y también por su edad y género. 

Desde niña me preguntaba qué hace un hombre de su edad cuando no trabaja o no duerme. No podía entender qué alicientes podía tener para un hombre de mediana edad un día normal, un martes, por ejemplo o, peor, un sábado o un domingo.

Con el tiempo empecé a saber algunas cosas, aunque seguí sin entenderlas.

Nazaré Lascano

Estampados de colores

Mirando su propio reflejo en un escaparate con los maniquíes vestidos con bañadores y conjuntos de verano mamá me dijo, de sopetón, que entendía a mi viejo. "Me duele igual y sigo pensando que es un gilipollas, pero lo entiendo". 

Sin dejar de mirar los trajes de baño estampados y los vestidos de colores yo también creí entender, aunque quizás fuera algo distinto a lo que ella me decía. No estoy segura, mamá dejó de hablar y yo no pregunté más.

Nazaré Lascano

viernes

La frontera es un género

La frontera es un género que no se deja esclerotizar, porque es una productora permanente de extrañeza. 

El explorador suele tener un pie en la costumbre y otro en el ensueño. Como no puede narrar el ensueño con los útiles de la costumbre, ha de fabricar nuevos pertrechos a medida que avanza.


 Las rutinas aprendidas no sirven. 


Juan José Millás, El genio tranquilo, El País, 02/10/2026

Feedback

Hubo un tiempo en que me obsesioné con mis lectores, fue cuando empecé a escribir en el suplemento dominical de un periódico local. Yo ponía mi email debajo de mi firma y esperaba que me llegaran comentarios, críticas o incluso felicitaciones. 

Estuve más de seis meses sin recibir un solo email y empecé a pensar que nadie me leía. Pregunté a mis compañeras y todas, especialmente las que escribían sobre política o la que hacía la crítica cinematográfica recibían mensajes todas las semanas, aunque no todos fueran agradables. 

Yo soñaba con alguno de esos correos ofensivos en los que criticaran mis textos o incluso se metieran directamente contra mí. Comencé a ser más directa en mis textos, a usar alguna palabra de esas que no suelen salir en los periódicos y tratar temas incómodos. Pero siguió sin pasar nada.

Al pasar los días y continuar la sequía de feedback hablé con el redactor jefe y le pedí que incluyeran mi imagen junto a mi artículo, de esta manera siempre habría algún lector que se metiera con mi físico o hiciera comentarios machistas o fuera de lugar. Aceptó, le pareció buena idea y mandó a un fotógrafo para que hiciera una foto de cada uno de los redactores para colocarla en la cabecera, junto a nuestros textos. 

El día de la sesión de fotos yo me presenté en la redacción con el pelo suelto, los labios pintados de rojo cereza y una blusa muy escotada. El fotógrafo me sugirió con mucho tacto que quizás fuera mejor que me vistiera de otra forma menos llamativa, pero yo tenía decidido que quería provocar con mi imagen lo que no podía hacer con mis palabras.

El domingo siguiente salió mi artículo publicado junto a una foto de una chica con una camisa abotonada hasta el cuello y que, sorprendentemente, no se parecía en nada a mí.

Llamé muy enfadada a mi redactor jefe y este me dijo que al director del diario no le había gustado mi foto y que habían puesto una imagen anónima del archivo. Protesté todo lo que pude, pero no pude hacer nada y cuando me explicó que podía irme cuando quisiera, pensé que prefería seguir escribiendo aunque no tuviera contacto con mis lectores.

Ese lunes recibí más de cien emails y varias cartas manuscritas.

Nazaré Lascano

jueves

Si las piedras pensaran en los hombres

A veces Varona piensa qué fácil hubiera sido todo si le hubiera tocado ser piedra en vez de hombre.

Nazaré Lascano

Indeleble

Fui a otras bodas acompañando a mis viejos, también a celebraciones familiares como primeras comuniones de primitos de otras provincias o aniversarios de tías demasiado mayores como para celebrar aniversarios.

No sé porqué me veía en medio de aquellos fastos cutres, pretenciosos e ingenuos. No sé porqué yo, quien por entonces no me consideraba cutre ni pretenciosa ni mucho menos ingenua, no me negaba a ir a la peluquería en la víspera, a ponerme un vestidito y acudir a restaurantes de serie media, con sillas tapizadas sobre manchas indelebles.

Debe ser por eso, por las manchas indelebles, que no había celebración en la que no acabara con mi vestido salpicado de alguna salsa, de nata montada o de café.

Nazaré Lascano