Algunos días me acercaba hasta su calle, entraba en el portal y subía las escaleras hasta el último piso, ponía el oído en su puerta y escuchaba la olla o la cazuela, con las patatas y la verdura, que su madre había dejado en los fogones.
Mientras yo esperaba, a lo lejos, en algunas casas, se oía una lavadora centrifugando, cubiertos chocando o, si había suerte, un vaso estallando contra el suelo.
Hasta que oía que se abría la puerta de la calle y bajaba, con la respiración entrecortada, saludaba a alguna de las mujeres que regresaba de la compra y volvía a la calle con mi botín puesto.
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