Estuve trabajando unos meses, durante todo un verano, en una tiendita de souvenirs cerca de la playa.
Una pareja mayor me alquiló una pieza con vistas al mar. Era más de lo que había soñado, lejos de casa y mirando al mar.
Además aquel trabajito era ideal, no requería esfuerzo y veía gente con la que no tenía que tener una relación después de darles el cambio. Todo se reducía a cinco minutos, nuestras vidas se cruzaban y ellos regresaban a su mundo y no volvían nunca.
Está claro que todo lo que se vendía eran cosas infames, algunas de mal gusto y otras absurdas, destinadas al trastero, a la basura o, en el peor de los casos, a una baldita del mueble bar del salón.
Yo me veía como una especie de pastora de la nada, allí dentro criábamos especímenes para un zoo de cristal dispuesto al polvo y a la melancolía.
Yo miraba con curiosidad a los clientes y pensaba en cómo sería la vuelta a casa de esa pobre gente vestida de veraneantes, cargados con ceniceros de plástico, llaveros que imitaban anclas, figuritas de cristal con formas de animales marinos, termómetros incrustados en casitas de pescadores, abrebotellas, platos o imanes para la nevera.
Me los imaginaba sacando todo aquello del fondo de la maleta, desenvolviendo el paquetito envuelto en el papel rojizo con el nombre de la tienda y suspirando de tristeza al ver la figurita de un delfín con las aletas lacadas en verde marino.
En ocasiones les metía sin que lo vieran algún objeto inútil más que les hiciera preguntarse, a la vuelta, quién había comprado aquello o a quién se lo tenían que regalar.
La tienda pertenecía a un hombre mayor, pero siempre tenía una dependienta y, según decían, siempre muy joven. A mí me contrató sin conocerme, llamé al teléfono que indicaba un anuncio de un periódico local y me dijo que tenía una dulce voz.
A penas lo veía, por las mañanas no aparecía nunca por la tienda y pasaba las tardes visitando los bares del puerto y del paseo marítimo. Se llamaba Luis, siempre volvía a la hora de cerrar, aunque estuviera muy bebido y solo tuviera fuerzas para guardar el equilibrio y coger la plata de la caja. Después se marchaba dando tumbos y yo cerraba la persianita metálica como si realmente necesitara proteger aquellos tesoros.
Nazaré Lascano, Cuaderno español
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