viernes

Aguantar la mirada

En mi segundo año de secundaria tenía una compañera, Lidia Bacchio que caminaba hasta la escuela acompañada por una asistenta vestida con su uniforme negro almidonado lleno de puntillas blancas y rematado en una cofia generosa.

Lidia se avergonzaba, pero la niñera tenía órdenes de sus papás de dejarla en el interior del colegio y asegurarse de que entraba en el aula.

La escena es difícil de narrar, la llegada de Lidia y su asistenta era esperada por todos y, todos los días, de lunes a viernes, se les hacía una especie de pasillo en medio del patio para observarlas. Lidia pasaba con la cabeza inclinada hacia el suelo dando pasos rápidos y obligando a andar deprisa a la niñera que iba muy erguida, con una expresión triste y altiva a la vez.

El contraste entre las dos era tremendo, Lidia era una chica delgada, con un cuerpo aún sin grasa y sin curvas, con la cara alargada y el pelo largo y rubio, mientras que la asistenta era más bien bajita y bien formada, de cabellos morenos y rizados y con dos pechos que parecían querer salirse del delantal blanquísimo que remataba el uniforme.

Los chicos no paraban de burlarse de ellas y, aunque los profesores intervinieron después de que los viejos de Lidia se quejaran, no dejaron ni un solo día de reírse de la niña y de decirle obscenidades de todo tipo a la niñera, una jovencita que no debía tener más de veinte años y que cuando regresaba sola a la calle, después de haber hecho su trabajo, encendía un cigarrillo y miraba, uno a uno, a aquellos palurdos sin que ninguno le aguantara la mirada.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


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