domingo

Soledad

Sebas Fer. oct. 13th, 2021 at 19:14 to: robertopintado@hotmail.com

Hola Roberto. Espero que se encuentre bien.

Soy lector suyo desde hace mucho tiempo, sus relatos consiguen sacarme de mi realidad, sea esta lo que quiera que sea. Espero seguir leyéndole y también espero que disculpe que me haya atrevido cambiar los roles y ser yo el que escriba para usted.

Me he decidido a escribirle porque he conocido una historia que quizás le parezca interesante y si así le parece puede publicarla sin ningún problema. Me la contó una amiga al final de una noche en la que bebimos lo justo para las confidencias.

Mi amiga se llama Soledad y, aunque me gustaría cambiarle el nombre para que no se sienta reconocida, su nombre, como puede imaginar, es casi una metáfora, una forma de negación que no deja indiferente a quien lo oye ni a quien lo tiene.

Soledad me contó una madrugada que cuando era muy joven trabajó en un supermercado en su ciudad, llevaba una cartulina plastificada con su nombre escrito y un uniforme que siempre debía estar bien planchado. Me hizo gracia que mi amiga, a la que había conocido en un trabajo técnico y de mucha responsabilidad, comenzara a trabajar en un supermercado del sur de España.

A menudo la gente se dirigía a ella por su nombre, y Soledad se acostumbró a que todos supieran cómo se llamaba. La lástima, me decía, es que cuando salía del súper nadie me conocía y yo me sentía muy sola, muy desgraciada.

Al final Soledad decidió llevar la cartulina plastificada con su nombre también cuando estaba fuera del trabajo, cuando caminaba por la calle, cuando iba a tomar un café o cuando paseaba a su perro ella lleva prendido su nombre de la blusa o de la cazadora.

Soledad notó que la gente la miraba, que algunos murmuraban y otros reían, pero aquello surtió efecto y el mismo día en el que se colocó el nombre en el pecho hubo viandantes que se dirigieron a ella por su nombre.

Gracias a aquella cartulina prendida en su pecho Soledad empezó a tener una vida distinta, hubo hombres y mujeres que cayeron a sus pies, le ofrecieron trabajo fuera del supermercado, cambió de aspecto, hizo viajes a lugares lejanos y tuvo proposiciones decentes e indecentes.

Le libraré, Roberto, de los detalles, pero le puedo decir que Soledad acabó cansada de su nombre y, en medio de una fiesta que se le había escapado de las manos, decidió cambiar el nombre de su placa por otro menos comprometido.



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