Tardé en darme cuenta de que aquel salón era más parecido a un decorado que a un salón. También de que los personajes pintados en los cuadros tenían las pupilas recortadas para dar la sensación de que alguien nos observaba.
Dina me miraba deambular por la casa con los ojos como platos y cada vez se divertía más. Se dirigió directa a la cocina, yo fui detrás de ella, temerosa de quedarme sola y, cuando llegué, estaba iluminada por la luz de la nevera abierta.
— ¿Te podés creer que se dejaron enchufada la nevera todo este tiempo?
— ¿Cuánto hace que se fueron?
— No lo recuerdo, están en una isla en mitad del océano.
La nevera daba una luz dorada, estaba llena de botellas de champaña. Por entonces yo aún no lo había probado.
— ¿Quéres una copa de espumante Naza?
Iba a decir que no cuando sonó el timbre. Las dos dimos un respingo. Tras el susto, Dina se echó a reír y salió corriendo hacia la puerta, y yo tras ella.
No me dio tiempo a decirle que no abriera, que nosotras no debíamos estar allí, que quizás eran los escritores, o la policía, o alguien que nos vigilaba e iba a detenernos por haber entrado allí sin permiso.
Dina abrió mientras reía. Al otro lado de la puerta una mujer joven, muy alta y muy rubia, vestía un impermeable entallado de color rojo, medias negras y zapatos a juego, tenía aspecto de rusa y llevaba una carpeta de la mano.
— Buenas tardes —su acento no era reconocible— mi nombre es Lía. Vengo a tomar nota de su pedido de este mes.
— ¿Qué vendes cariño?— le preguntó Dina apoyándose en el marco de la puerta.
La rusa nos miró de arriba a abajo y sonrió.
— Tú debes ser Dina —la rusa tenía acento español— no vendo nada cariño, solo vengo a tomar nota del pedido de champaña, los señores no quieren encontrase la nevera vacía a su regreso.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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