miércoles

Delorean

He empezado a usar el coche como si usara una máquina de dios. Medio depósito ha sido suficiente.


Parece muy prosaico, pero los resultados que se obtienen pueden ser grandiosos. 


Desde las ocho de la mañana, me he dedicado a dar vueltas por Madrid, a acelerar en los pasos de peatones, a aparcar en doble fila, a parar sin motivo en medio de una calle de una sola dirección.


No soy un simple asustaviejas, aunque también las asusto, pero hago lo mismo con los jóvenes y los de mediana edad. Me da rabia que se lo tomen a mal, solo asusto, llego hasta el límite de lo razonable y ¡zas! frenazo sonoro. No hago daño a nadie.


Hoy una pareja de unos cincuenta años ha golpeado las lunas de mi coche como si quisieran rompérmelas, el hombre se ha puesto como loco y la señora lo animaba. Ha sido fantástico,  mejor incluso a como lo imaginaba, esa pobre gente ya tiene un motivo para pasar el día. El odio en común siempre es un gran motivo para la vida, un motivo ruin pero efectivo.


No ha sido la única acción directa de la mañana, me han pasado muchas más cosas a bordo de mi machina. Por ejemplo, un grupo de chicas en la Avenida del Mediterráneo han chillado y han estallado en risas nerviosas cuando he estado a punto de pillarlas en un semáforo, he apurado tanto que a una de ellas le he rozado la pierna con el parachoques. Alguna me ha insultado, y otra ha sacado sus dedo corazón al aire de Madrid, pero cuando continuaron caminando, la chica del parachoques se ha dado la vuelta y se ha quedado mirándome, ¿no es fabuloso?


A la una y media ya tenía hambre, he parado para comer en un bar de Aluche y he dejado el coche en doble fila. No han tardado en oírse pitidos de uno de los coches a los que impedía el paso. Estaba tomando un filete de lomo con patatas y pimientos fritos, me encantan los pimientitos bien asados. Seguí comiendo tranquilamente hasta que entró en el restaurante un hombre sudoroso y malhumorado.
¿Es de alguien ese Focus de color amarillo? Yo seguí con mis pimientos mientras oía cómo el resto de comensales negaba con la cabeza. Por fin, uno de los camareros, que me había visto llegar, me señaló con disimulo.


— Perdona ¿es tuyo el Focus?
— ¿El Focus? Bueno yo lo llamo el Delorean.
— ¿Qué?
— Que es un Delorean, una máquina del tiempo, un deus ex machina.
— ¿Quieres dejar de vacilar y quitarlo, por favor?
— No sé ¿has aprendido algo hoy?
— ¿Qué dices, estás loco?
— ¿Ves? No has aprendido nada, el día de hoy se volatizaría de tu mente si no fuera por mi machina.
— ¿Eres imbécil tío? ¡Que quites el puto coche o llamo a la policía, hostias!
— Aún me queda el postre.
— Pero... ¿qué dices? ¿No lo vas a quitar?
— Claro que lo voy a quitar, no voy a dejarlo ahí, en cuanto me tome el postre lo quito.


No me pegó, fue una lástima, una buena pelea cambia tu percepción del mundo, te puede hacer hundirte en la miseria o convertirte en un machito intransigente. No pasó nada, el tipo se fue encendiendo, pero cuando oyó la palabra loco detrás de una de las mesas, supuso que yo podía ser peligroso y salió a la calle a llamar a la policía con su móvil.


No les dio tiempo a llegar, nunca les da, pude acabarme los filetes con pimientos y tomar unas natillas caseras bastante buenas. Dejé una buena propina, pero el café ya lo tomé en otro sitio.


Terry Salgado, Bares sin nombre




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