Leire Mendoza empezó a vestirse como una princesita a los pocos meses de casarse. Era muy joven, muy bonita y daba mucha lástima. Tenía una casita con un jardín delantero en el que daba el sol por las mañanas y una cocina blanca que su marido puso para ella aunque ella no sabía ni quería cocinar.
El esposo trabajaba en una empresa de ingeniería técnica, Leire no sabía qué hacía exactamente, pero le gustaba oírle hablar de proyectos, de problemas con los materiales nuevos o de diseños irrealizables. Sobre todo le gustaban los planos cuando Andrés, su reciente marido, los desdoblaba y extendía sobre la mesa de la cocina.
A Leire le hubiera gustado hacer el amor sobre aquellos planos que olían a tinta y al frío de las obras de donde volvía Andrés con su trajecito azul y su casco amarillo bajo el brazo, pero Andrés no era de esos hombres.
Leire se pasaba la mayor parte del día sola. A veces Andrés almorzaba fuera y, otras veces, tenia que viajar para revisar alguna obra o concretar algún proyecto, entonces Leire se sentaba en medio de aquella cocina blanca y trataba de pensar como lo haría su madre o su abuela, pensar como una mujer que tiene un jardín delantero y una cocina inmaculada. Pero no le salía.
Finalmente Leire decidió salir a comprar ropa y en una de esas salidas vio el vestido de princesita y lo compró pensando en que nunca se lo pondría.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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