Milo había llegado a Argentina desde Yugoslavia. Tenía un pequeño taller de joyería cerca de nuestra casa. Al parecer era un joyero excelente, pero tenía que dedicarse a otros asuntos para sobrevivir.
Milo compraba oro y todo tipo de joyas a todo tipo de personas. También prestaba dinero a cambio de las joyas, que siempre se podían recuperar pagando un extra.
En el taller de Milo también se hacían apuestas, apuestas de todo tipo que él manejaba con una habilidad y una memoria prodigiosas.
Nadie se atrevió nunca a llevarle la contraria a Milo y solo una vez tuvo que sacar la pistola que guardaba en el cajón del dinero, y la usó porque, como sabe la gente de carácter, si sacas el arma es para usarla.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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