Me despertaba a las seis de la mañana y ya no podía volver a dormir. Tenía ese vicio molesto que me era imposible de erradicar. Pero a diferencia de otro momento, podía quedarme unos minutos en la cama. Me gustaba ver a Luciana descansar, adivinar sus sueños, observar el movimiento pendular de sus ojos bajo sus párpados. Pero no me quedaba mucho más tiempo.
Antes, la cama olía al champú de su pelo, al desodorante con el que se rociaba desde la cintura al cuello cada noche. En esa otra época, tendía una toalla para no mojar la almohada y dejaba su cabellera húmeda posada sobre la tela afelpada. A mí me encantaba sentir su pelo empapado acariciando mi rostro. Nuestras sábanas olían a perfume y a jabón de ropa. Pero eso ya no ocurría y temía que nos estuviéramos acostumbrando a vivir de esa manera.
Hugo Gastón Iguigaray, El césped
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