Qué preguntar
Lorenzo ganó mucha plata vendiendo un aparato extraordinario.
Decía que lo había inventado él mismo, pero después de conocer los detalles de la historia no creo que tuviera suficientes conocimientos técnicos para fabricar un artilugio así. Tengo varias hipótesis que no he podido confirmar, aunque lo más probable es que lo robara o se lo ganara en una apuesta a su legítimo dueño. También es posible que lo recibiera en pago por una deuda.
A simple vista se trataba de un tubo metálico dividido en tres partes, la superior terminaba en una especie de tapa o rosca giratoria. En la parte inferior había un visor a través del que se podía mirar al interior.
Durante un minuto y medio el aparato reproducía la imagen del individuo que lo usaba, pero en un momento distinto, en otro tiempo que no coincidía necesariamente con ese momento.
Tenías, por tanto, un minuto y medio para preguntarle a tu yo del futuro o incluso del pasado cualquier cosa que necesitaras saber y que él (tú) estuviera dispuesto a contestar.
Había una serie de normas que había que cumplir a rajatabla, no se podía preguntar por nada referente a la muerte de ninguna persona, ni cometer la torpeza de solicitar un número premiado de la lotería.
Por lo demás, todo estaba permitido.
Yo lo usé una sola vez y, aunque dudé mucho, supe qué preguntarle.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
No hay comentarios:
Publicar un comentario