Cuando dejé el instituto mi padre me consiguió trabajo en una frutería.
El dueño se llamaba Domenico, tenía los dientes amarillos y el pelo pegado a la cabeza, a mí me parecía un viejo. El primer día Domenico me recibió en su despacho, recuerdo el frío que hacía y el olor dulzón pegado a las paredes.
— ¿Eres la hija de Carlo? Te pareces mucho a tu padre. Aquí se trabaja duro. ¿Podrás hacerlo? A las cinco empezamos, a las cinco de la mañana —risas— a las nueve abrimos la tienda, a las tres a fregar y cuando acabes de recoger para casa.
Domenico parecía que miraba a través de mí, hablaba con frases cortas y no esperaba respuestas.
— Está bien.
— ¿Podrás hacerlo?
— Creo que sí.
— ¿Crees? Tengo una colección de chicas como tú que dijeron lo mismo y que al segundo día no aparecieron más.
— Yo sí apareceré.
— ¿Tú sí? ¿Por qué tú sí?
— Yo soy hija de Carlo.
Domenico se sonrió con sus dientes amarillos, se levantó de su asiento de cuero gastado y se dirigió a una caja grande de cartón que estaba bajo una ventana con la persiana bajada, apartó unos papeles y sacó de la caja una bolsita de plástico con un uniforme. Pantalón azul oscuro elástico, camiseta blanca y delantal amarillo. Era mi primer uniforme.
Al día siguiente, mi primer día, me quedé dormida.
Lena Rosso
Roberto, gracias por tus recomendaciones y por tu blog.
Gracias por quitarme todo lo que sobra y dejar el texto desnudo, oliendo como olía el despacho aquel.
Salud!!
Lena
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