En otra ocasión cuando aún era un novato, el jefe de equipo le puso a buscar colillas de cigarrillos por toda la avenida La Plata. Al parecer una cantante de medio pelo había matado a un cliente que le pidió demasiadas canciones al oído. La mujer tenía por costumbre hacer repertorios privados y algo se torció el último domingo por la noche.
El hombre apareció muerto debajo de la almohada de su propia cama, desnudo y con más alcohol en sangre del que puede soportar una persona normal. A su alrededor varias colillas manchadas con pintalabios rosa, como el que utilizaba la solista. No es broma, también coincidían la marca del tabaco encontrada con la que fumaba la cantante y varias personas los vieron salir juntos de la sala de fiestas.
El caso era tan sencillo que el jefe de equipo pensó que era ideal para tener a Darío dando vueltas como una peonza por el barrio donde apareció el cadáver. Y Darío, vestido de uniforme, recogió el primer día más de mil trescientas colillas. No tenía duda de que alguna serviría para algo, de que alguna de esas pruebas sería la piedra angular que resolvería aquel caso.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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