Mamá se puso furiosa y el viejo se reía.
— Siempre supiste lo del auto ¿a qué te pones así ahora?
Yo me avergonzaba al escucharlos, pero a la vez me daba mucha curiosidad y una especie de excitación antinatural.
— No soporto que lo hicieras por pena.
— ¿Estás loca? Te dije mil veces que no fue por pena, cuando aquel auto te arrolló y saliste volando supe que eras para mí.
— Aún no sé si eres para mí vos.
— Se me saltaron las lágrimas al ver que volabas como un ángel.
Yo me moría de ganas de preguntar ¿dónde fue el atropello? ¿de dónde venían? ¿a dónde iban? ¿quién le atropelló?
— Solo sé que estuve diez días en el hospital con los huesos de la pierna rotos y que no viniste a verme ni una sola vez.
— Tenía muchos asuntos que resolver. Llegué al diez más uno, y aquí sigo.
A lo largo de otras discusiones, en otros almuerzos, me enteré de que el atropello fue en el cruce de Independencia con La Plata, mamá iba a su laburo en un periódico, era su primer día y nunca llegó. El viejo volvía de pasar la noche fuera, una furgoneta que repartía tartas y pasteles se saltó el semáforo y golpeó a mamá que salió volando, y papá pudo ver sus piernas desnudas moverse en el aire y las bombachas pegadas a su cuerpo.
Por supuesto las tartas nunca no llegaron a su destino.
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