sábado

Nitidez

La mujer abrió la puerta y entró en el departamento con los pies mojados. Sin pensarlo se quitó los zapatos y los llevó en su mano izquierda mientras revisaba la casa.

Sin apoyar los pies por completo en el suelo, lo primero que hizo fue correr las cortinas por si había alguien escondido. Después fue hasta el dormitorio y miró debajo de la cama.

La cocina tenía una mesa metálica bajo una campana extractora y dos taburetes, la nevera estaba repleta de botellas. Sacó una de espumoso y la abrió. Nunca había abierto una botella de champán ella sola y, al descorcharla, sintió por primera vez, con nitidez, que estaba engañando a su marido.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

Roberto Grana

Hacía seis meses que la mujer del ascensor se encontró por primera vez con un hombre que no era su marido.

Media hora después de salir de casa entraba en un departamento de un bloque lujoso en Puerto Madero, con moqueta en el suelo y muebles de madera en cada rellano. El olor era seco, cargado, un olor como de terciopelo verde.

Poco antes de llegar llovió de improviso y sin ganas, y la mujer llegó con los pies mojados y dejó sus huellas en la moqueta. Sus huellas eran pequeñas y puntiagudas, de zapatos de tacón negro.

El portero debía darle la llave, la mujer tragó saliva antes de dirigirse a él y, un poco antes del encuentro, disimuló su miedo exagerando sus movimientos, pisando fuete y moviendo las caderas. 

El portero la miró de forma neutra.

La llave y el portero eran pequeños, simples, fríos, y a los dos les brillaba algo por dentro. Ella sabía que todo estaba en su imaginación, pero le pareció que había visto a aquel hombre en alguna parte, que quizás conocía a su marido, o a alguno de sus amigos o a sus cuñadas. Le atemorizaba que conociera a alguna de sus cuñadas. 

En un instante le entró tanto miedo que estuvo a punto de volver a casa. Pero le aterraba más dar la vuelta así que consiguió extender la mano derecha y recibir la llave.

Tenía razón, el portero la conocía. Mucho más de lo que ella pensaba. Desde mucho antes de lo que ella habría podido temer.

Se llamaba Roberto Grana, y en una ocasión, un domingo de madrugada en la que ella salió de un lugar que no desea recordar se cruzó con él. Unos pasos más adelante se cruzó con un hombre parecido, pero con menos dominio sobre sí mismo. El hombre del segundo cruce agarró a la mujer, que entonces no tendría más de veinte años, y la amenazó con una navaja.

Roberto Grana oyó cómo el filo salía de entre las dos mitades de nácar, se giró y dio un grito, en ese momento su voz no se parecía a su voz. También su rostro adquirió otra forma, y sus ojos se afilaron.

Golpeó al asaltante con sus puños como si le fuera la vida en ello, la navaja ya daba vueltas por el asfalto y sus manos estaban entumecidas. Cuando le separaron del delincuente miró hacia atrás buscando el rostro agradecido de la chica, que ya no estaba allí.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

miércoles

Apagar la luz

Era una agenda de tapas verdes y el año grabado en letras amarillas, casi doradas.

Abrió al azar, un día de octubre escrito en bolígrafo azul y con excelente caligrafía:
"Abrir la persiana a las nueve y media P.M. Mirar a Marian. No olvidar apagar la luz del dormitorio".

Jorge sintió un vértigo extraordinario. Dio vueltas por el departamento, sintió algo parecido a un escalofrío y una excitación animal, sexual". Buscó la dirección por todas partes.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas



lunes

No ser

Soy una escritora sin lectores.


Antes fui:
una querida sin amantes,
una prostituta sin clientes.
una conductora sin frenos.


O quizás fue al revés

una amante,
un cliente.
unos frenos.


O quizás fue verdad, 

y no soy.


Nazaré Lascano

viernes

Enrique en el ascensor

No recuerdo bien su nombre, solo sé que yo lo llamaba Enrique.

Vivía ya en Madrid. Me gustaba aquel chico, aunque era muy joven y estaba gordito. Me gustaba encontrármelo en el ascensor y poder mirarle de cerca mientras él miraba el móvil o abría una carta. Olía a papel y a algo metálico.

Un día le pregunté por su carta.

— ¿Buenas noticias?
— ¿Qué?
— La cartita, si son buenas noticias, a menudo solo se reciben cartas del banco, facturas y cosas así.
— Ya... Esta no es del banco.

Enrique se parecía a Enrique VIII de jovencito, por eso le llamaba así.

— ¿No te han dicho que te pareces a Enrique VIII?

Enrique puso una cara rara, pero me sonrió, yo respiré aliviada.

— ¿A Enrique VIII? ¿Quién es Enrique VIII?
— Fue un rey inglés, mandó ejecutar a Ana Bolena.

El ascensor paró en mi piso.

— No tendré más remedio que buscarlo en Internet.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas





jueves

Las lluvia de monedas

El dormitorio era demasiado grande para una sola persona. La cama estaba deshecha, muy bien deshecha, con pulcritud, como si hubiera costado el mismo esfuerzo que hacerla.

Darío buscó entre las sábanas. Le pareció que aún estaban calientes y retiró la ropa con cuidado hacia los pies de la cama. Se imaginó que era un marido cariñoso preparando el lecho. Observó que en el lado izquierdo había una forma redondeada, una especie de huella que la presión de un cuerpo pequeño había ido dibujando a lo largo de los años. 

Cuando estaba imaginando a quién pertenecería el cuerpo que podía haber perfilado esa huella, oyó un estruendo metálico sobre su cabeza. A modo de lluvia de cobre, un puñado de monedas se estrelló sobre el otro lado del techo del dormitorio. Darío pudo ver, como si el techo fuera transparente como monedas de todos los tamaños caían de los bolsillos del pantalón del vecino del piso superior.

Y la lluvia de monedas tardó un rato, demasiado rato, en parar.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

Líneas de vulgaridad

Decidí ser escritor para escapar de la vulgaridad, hasta que empecé a escribir novelas vulgares y me reconocí en cada línea.


Terry Salgado

miércoles

Levantarse con los lectores

No está bien conocer a los lectores.


No está bien escribir frases ingeniosas sin ensayar en la primera página de un libro dedicado, junto a una firma ensayada.


No está bien responder a las cartas, mucho menos si son manuscritas, ni a los tweets, ni a ningún tipo de mensaje, sean o no declaraciones de amor.


No está bien responder a sus llamadas ni siquiera disimulando la voz.


No está bien quedar con ellos en una cafetería porque pensarán, en su complejo de lector, que están siendo carne de novela y actuarán como personajes sin alma, o lo que es peor, como personajes de cuento con final cerrado.


No está bien, por último, acostarse, ni aún menos levantarse, con los lectores sean del sexo que sean.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

Perder por costumbre

Solo he perdido el público que nunca he tenido.


Albert Pla

martes

El cuerpo de Cenicienta

El cuerpo fue encontrado por Luis Gándara a las seis cuarenta de la mañana cuando tomó el ascensor para bajar al garaje.

Gándara era empleado público en la oficina de patentes. En alguna ocasión sintió deseos de robar alguna, y soñó con hacerse rico y con todos los lujos absurdos que sueñan los oficinistas sin dinero, pero su cobardía se lo impidió. 
 
No conocía a la muerta. Esa mañana llamó al ascensor, como siempre, pero a diferencia de otros días, el elevador tardó menos en llegar, eso quería decir que no estaba en el bajo, como el resto de las mañanas, sino un par de pisos más arriba. Luis Gándara vivía en el sexto, así que el ascensor debía de estar en el segundo o en el tercero.

Estuvo a punto de saludar al cadáver que alguien había colocado en la esquina del ascensor atado con dos correas a los agarradores del fondo de tal manera que no se pudiera mover.
Se trataba de una mujer de entre treinta y cuarenta años, vestida con un traje chaqueta, como el que usan las ejecutivas de las multinacionales que visitan los jueves la oficina de patentes. No la conocía, aunque tenía un rostro común que le era familiar. Tenía los labios amoratados y, quizás por ello, le pareció una mujer bella.

Luis pulsó el botón del garaje y bajó al sótano acompañado de aquel cuerpo que sacó del ascensor arrastrándolo. Cuando pulsó el interruptor pudo ver a la mujer bajo la luz blanca que le daba un aspecto más amenazante que irreal.

El cuerpo, arrastrado por el asfalto hizo un ruido que nunca había escuchado y cuando llegó a la puerta de su cochera lo dejó apoyado contra una columna marcada con varias señales negras, unas rozaduras con aspecto de borrón pertenecientes a su propio automóvil.

Antes de meterla en la cochera Luis se dio cuenta de que la muerta había perdido, como Cenicienta, uno de sus zapatitos de tacón.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


domingo

Devolver el bocado al plato

No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. 

Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato.

Javier Marías, Corazón tan blanco

miércoles

La espera de Lucio

En contra de lo que cualquier escritora pudorosa pudiera decir. Lucio no era repulsivo. Sus manos no eran gruesas y ásperas y su cabello no era grasiento. Es cierto que olía mal, pero era por culpa de los cubos de basura donde se escondía.


Cuando yo volvía casa por las noches lo imaginaba bajando de su casa con cualquier excusa, metiéndose en el cuarto de la basura y esperando a que yo llegara en medio de el olor y de la oscuridad. ¿En qué pensaría Lucio durante todo aquel tiempo? 


Se entretendría recordando los partidos de San Lorenzo o quizás solo escuchaba, muy atento, los ruidos del portal, a la gente que subía o bajaba, al ascensor chirriando y el reloj de la escalera corriendo, desbocado en su cuenta atrás.


Seguro que su ritmo cardiaco se aceleraba tanto como el mío cuando se acercaba la hora, seguro que él también tenía miedo cuando me oía abrir la puerta del portal.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


La caja de los hilos

Hay quien piensa, a veces yo misma, que salí de Buenos Aires por el asunto de Lucio.


No salí por Lucio, ni por el revólver, ni siquiera por la muerte del viejo. Si salí fue por encontrarme lo suficientemente lejos para entender, para recolocar toda la literatura que el tiempo y el barrio habían construido, como un puzle en el que no encajan las piezas, en mi pobre cabeza.


Es cierto que cuando llegué a Madrid solo pensaba en el asunto de Lucio y que estuve un tiempo durmiendo poco y mirando en los armarios y debajo de la cama. Todo es cierto, pero solo vine acá para encontrar otro aire, otra gente, otras reglas del juego en mi propio idioma. Sé que suena a boludez pero la patria es el idioma y yo solo sé escribir en español, aunque sea tan mal, tan fragmentario, tan lleno de calles cortadas y de hilos perdidos.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas



martes

Falsos delincuentes

Había mentido tanto en las recepciones de los hoteles durante tanto tiempo que cuando me hice pasar por la Doña no me supuso ningún esfuerzo. 

En realidad tenía poca emoción porque nadie conocía su rostro y yo podía ser ella o cualquier otra. Me acostumbré a que me llamaran por su nombre y ya no atendía por el mío. Acabé oyendo mi nombre como una de esas palabras extrañas que a fuerza de decirlas parecen ridículas, aunque había llegado a ese punto por el camino contario, el del silencio.

Durante un tiempo Lorenzo y yo usamos nombres falsos en los hoteles, en los restaurantes y en cualquier sitio público donde hubiera que identificarse. Fue una época fabulosa donde todo en nuestras vidas era falso, el dinero, la matrícula del auto, los carnets de identidad. 

La gente con la que nos cruzábamos nos tenían por amantes, pero éramos falsos amantes, y nosotros nos teníamos por delincuentes, pero éramos falsos delincuentes.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


sábado

La mirada de las niñas ricas

El detective simplón, permítanme que le llame así, empezó a buscar como hacen todos los detectives, por calles húmedas de los barrios bajos, doblando con seguridad impostadas esquinas manchadas con orines de perros y hablando con frases cortas a las chicas que habitaban aquellos barrios y aquellas calles.

La doña, en su torpeza de escritora autocomplaciente, le había inventado a aquellas chicas un pasado complejo y laberíntico sin saber siquiera dibujarles ni el rostro, ni sus vestiditos ajustados y pretendía escribir una historia sórdida con la mirada con la que las niñas de los barrios ricos se asoman a las calles que huelen a orines.

Para hacerlo todo aún más falso metió al detective en un tugurio lleno de marineros y música de Jimmy Hendrix y, cuando lo sacó la niebla invadía la ciudad, una ciudad que se parecía a Madrid, pero que no se privaba de llamarla portuaria en una de cada tres páginas.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

viernes

Vulgar

En una época de abusos, o de ego no dominado, Darío se dedicó a pasearse los días festivos por el puerto y parar furgonetas, camiones y turismos destartalados.

A veces solo los perseguía con su propio auto, se colocaba detrás de un vehículo sospechoso y lo seguía por toda la ciudad imaginando qué ocultaría en su caja.

Cuando el conductor se daba cuenta de que Darío le seguía empezaba a manejar de forma extraña, girando de repente, tomando calles secundarias o metiéndose por direcciones prohibidas. En ocasiones, cuando no aguantaban más, el tipo paraba y bajaba del carro. Alguno salía con un bate, una barra de hierro o cualquier objeto en la mano y se dirigía furioso a Darío que entonces se bajaba lentamente de su auto, sacaba la placa o dejaba ver su arma y disfrutaba viendo la cara descompuesta del conductor al que, a continuación,  obligaba a abrir el maletero o las puertas traseras de su camión para que lo vaciara en la calzada y le enseñara todo lo que transportaba.

Aquella afición le duró poco tiempo a Darío, se dio cuenta de que cada automóvil que paraba tenía algo que ocultar y que la emoción se venía abajo porque, casi siempre, la mercancía era de lo más vulgar. 

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


miércoles

Formato reducido

Cada película es una vida en formato reducido y cuando acaba, cuando se rompen brutalmente esos lazos tan apretados que nos unían a los actores, a los técnicos, es como una muerte. 


La película se estrena en las salas, se convierte en algo de todo el mundo. Dos horas de su tiempo, dos años del nuestro. Qué oficio tan extraño.


Louis Malle

lunes

Que no se salga un punto de la verdad

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. 

Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha


domingo

La afición de Ricardo Risueño

Ricardo Risueño hacía cosas que nadie esperaba de él. Debe ser por eso que me gustaba.


En una ocasión arrojó billetes desde el balcón de su departamento. Se trataba de la pensión de su vieja, no había discutido, ni había tomado demasiado, ni estaba enfermo, simplemente una tarde se levantó de una larga siesta y fue directo a una cajita de bombones donde la madre guardaba el dinero, agarró un puñado de pesos, abrió la puerta del balcón y los tiró. 


No terminó ahí esa afición. Días después tiró toda su ropa y en verano arrojó sus libros, entre ellos uno que yo le había regalado. Aquello me gustó más aún que lo de la plata.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

viernes

El hombre común

Su obra es el desconcierto del hombre común ante las terribles circunstancias de la vida, la tragedia que todos escondemos es que no hemos conseguido ser los héroes de nuestras propias vidas. 

¿Cómo vamos a pretender saber la verdad cuando en todo hemos fracasado? 

Canal Angustia y desorden, sobre la obra de Julio Ramón Ribeyro

jueves

Lo excelente

Hace unos años, cuando era más ingenuo, quise dar una clase sobre el silencio.
La preparé con mucho cuidado. Escribí y reescribí un guion con muchas notas, con muchos ejemplos, con mucho interés.

Tenía pensado llegar, sentarme delante de mis alumnos y no decir nada durante diez minutos. Lo hice.

Después esperaría a que alguno dijera algo para empezar. Ninguno dijo nada.

Pensé, recuerden que por entonces yo era muy ingenuo, que todo estaba saliendo bien, mejor incluso de lo que pensaba, y seguí callado. Alguien más listo que yo dijo en alguna ocasión que lo excelente a menudo es enemigo de lo bueno. Y aquello fue excelente. La clase duró cincuenta y cinco minutos y nadie dijo una sola palabra.

Cuando terminó salimos todos en silencio.

No me permitieron dar clase nunca más en aquel centro, todo fue tan bien que el silencio continúa.

Roberto

miércoles

La primera bocanada

En septiembre de 1989, cuatro años antes de que Nanni Moretti recorriera con su Vespa las calles de Roma en agosto, Roberto hizo lo mismo por los barrios de Madrid. 


La motocicleta la encontró en el patio de la casa vieja de sus tíos. Llevaba unos años bajo un plástico que un día fue transparente. Fue allí con su primo Julio un sábado por la tarde para buscar unos papeles que su tía necesitaba para cobrar no sé qué pensión del Estado. Roberto se entretuvo mirando periódicos viejos, un cajón lleno de novelas de quiosco, y una caja de galletas repleta de fotografías en blanco y negro en las que antepasados sin memoria le miraban ciegos y aterrados.


Cuando su primo dio por encontrados los papeles, Roberto acababa de encontrar las revistas prohibidas de sus primos mayores. ¡Deja eso guarro! le dijo Julio mientras le daba con una carpeta azul en la cabeza, Roberto se avergonzó y disimuló preguntando por el viejo patio que recordaba desde pequeño. Salieron, la puerta chilló como si llevara todo ese tiempo durmiendo y Julio descubrió la moto apoyada contra unos ladrillos polvorientos.


Roberto se pasó el domingo arreglado la Vespa, a las nueve de la noche, en el momento en el que el Atleti empataba en la radio un partido caótico, Roberto consiguió que la moto diera su primera bocanada, el humo que expulsó fue tan intenso que pensó que aquello sería un buen difuminado para pasar a otra escena.


R.M. Esteve, La bañera medio llena, Ed. La blanca doble, Madrid, 1999, p. 56.

martes

Arponero

Leyendo hace poco a Cervantes pasó por mí un soplo que no tuve el tiempo de captar (¿por qué?, alguien me interrumpió, sonó el teléfono, no sé), desgraciadamente, pues recuerdo que me sentí impulsado a comenzar algo... 

Luego, todo se disolvió. Guardamos todos un libro, tal vez, un gran libro, pero que en el tumulto de nuestra vida interior rara vez emerge o tan rápidamente que no tenemos tiempo de arponearlo.

Julio Ramón Ribeyro

Antes que tú

Roma ante Romulum fuit.
(Roma fue antes que Rómulo).


La soledad fue antes que tú.

Nazaré Lascano


lunes

Curiosidad fútil

Mi curiosidad, que antaño me había parecido el resorte mismo de mi pensar, y uno de los fundamentos de mi método, solo se ejercía ahora en las cosas más fútiles; abría las cartas destinadas a mis amigos, que acababan ofendiéndose; aquella ojeada a sus amores y a sus querellas conyugales me divirtió cierto tiempo.


Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano

sábado

Diferencias

El tiempo no existe, la única diferencia entre el pasado y el futuro es que el segundo no lo recordamos. 

Terry Salgado



Vía de escape

Qué desgarramiento es vencer y saber, que ya se ha comprometido uno a continuar por el camino elegido y no se conocerá la vía de escape del que fracasa.

Italo Calvino, El barón rampante

Puertas abiertas

Me gustaba aquella mujer porque olía bien. No sé definir qué es oler bien, pero su olor me llenaba, me embriagaba al alma, azotaba mi interior hasta hacerme alcanzar algo así como un orgasmo olfativo.

Podía decir, en una aproximación mediocre, que olía a un pedacito de dulce de leche recién sacado de la nevera, a almendras verdes masticadas, a carbón mojado, a cuando se abre una puerta de un patio a las cuatro de la mañana, a la leña de una chimenea en el punto exacto en el que va a empezar a arder y se queda en nada.

Terry Salgado, El informe amarillo

Líneas enemigas

Pasé años viviendo tras las líneas enemigas.


Terry Salgado

viernes

La sabionda

Los juegos de palabras. Temí ese momento desde el primer día, el momento en el que me preguntaran por aquellos juegos llenos de inventiva y vacíos de contenido de los libros de la doña.

— Es usted una maestra del uso del lenguaje. En sus cuentos sus personajes juegan con las palabras como si fueran niños en medio de una fiesta infantil.

Hizo una pausa, el auditorio respiraba, aquella sabionda pretendía que yo respondiera.

— ¿Qué tiene que decir al respecto?
— No sé... ¿que todas las fiestas con niños son infantiles? 

El auditorio rio como un monstruo constipado, la sabionda primero se puso colorada, pero después se sintió una invitada preferente en aquella fiesta y rio también, estaba encantada. Tan encantada que siguió estirando la goma.

— Por lo que veo el juego continúa. ¿Le divierte cambiar, distorsionar el lenguaje o solo es un recurso literario?
— Me divierten los recursos literarios.

El público volvió a reír y yo no sabía cuanto tiempo podía seguir diciendo estupideces, por suerte alguien más estaba pidiendo el micro, era un chico muy joven con gafas y pelo largo, parecía que él me salvaría.

— Mi pregunta es sobre las braguitas rojas de sus personajes femeninos, ¿podría explicarnos esa obsesión?

Volví mi cara buscando con la mirada a la sabionda. La muy cabrona ya no estaba allí.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas



Glutamato literario

En uno de sus cuentos encontré a un personaje simplón, poco llamativo, sin atractivo. Aquel personaje, sin embargo, debía tener algún ingrediente adictivo, una especie de glutamato literario que me hacía imposible dejarlo. Miré las páginas que tenía aquel relato, las pasé con cuidado para no leer de forma accidental algo que me desvelara la trama. En realidad no había trama que desvelar, el personaje deambulaba por el cuento como un parado deambula por las calles del centro de lunes a viernes.

Treinta y seis páginas. No estaba mal para no tener trama.

Volví atrás, busqué el punto y a parte en el que me había refugiado y continué leyendo con la curiosidad morbosa de saber dónde llevaría aquel camino entre algodones. Aquel personaje resultó ser un detective poco atractivo en medio de un caso que alguien le había encargado por medio de una carta y que había sido pagado generosamente para que encontrara a una mujer desaparecida. 

El detective simplón se definía a sí mismo como un hombre en el que se podía confiar e inició la investigación a pesar de no saber ni quién le había contratado ni a quién tenía que encontrar.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

La duda

La duda, que es el signo de mi inteligencia, es también la tara más ominosa de mi carácter.


Ella me ha hecho ver y no ver, actuar y no actuar, ha impedido en mí la formación de convicciones duraderas, ha matado hasta la pasión y me ha dado finalmente del mundo la imagen de un remolino donde se ahogan los fantasmas de los días, sin dejar otra cosa que briznas de sucesos locos y gesticulaciones sin causa ni finalidad.


Julio Ramón Ribeyro, Prosas apátridas


jueves

La esquinita

Raquel llegaba a la oficina todos los días a las ocho y cinco minutos. El señor Vargas, que era muy estricto con todos nosotros, nunca le dijo nada por esos cinco minutos de retraso. Parecía que todo se debía a que la ducha de Raquel tenía un pequeño problema y el agua caliente tardaba cinco minutos en salir por la alcachofa.

Era comprensible, nadie lo mencionó nunca.

Raquel llegaba todas las mañanas sonriente, daba los buenos días y se sentaba a su mesa, tras abrir su ordenador recibía la primera llamada, entonces se levantaba y caminaba, muy cerca de mi mesa, en dirección al despacho de Vargas. Cuando pasaba dejaba un rumor de hojas mojadas y yo aspiraba hondo y en silencio, cerrando los ojos, imaginándola durante esos cinco minutos de espera, apartada en una esquinita de su ducha mientras el agua iba tomando la temperatura ideal.

Terry Salgado, El informe amarillo

martes

Piezas


Darío en su simplicidad, recordemos que era un ser esencialmente simple, se dirigió a la ferretería a buscar a indagar, a tratar de saber si aquellos vómitos recurrentes procedían de la dependienta.

La chica estaba enfundada en una bata azul oscura, como es norma entre los ferreteros, cuando entró Darío estaba atendiendo a un cliente de manos gruesas y ennegrecidas, un cerrajero, o un mecánico que hablaba con seguridad de piezas de las que Darío no había oído hablar jamás.

Todo parecía muy complicado, pero no le dio importancia porque, desde pequeño, cualquier mecanismo le parecía complicado.
Esperó a que la chica acabara de atender al mecánico. Cuando se miraron se sonrieron, la muchacha se pasó la mano por la trenza. Siempre peinaba una trenza muy larga y apretada.

Darío le preguntó si se encontraba bien y la chica pensó que se preocupaba por ella.

— ¿Viene a por su frasquito de aceite?
— ¡Vaya! Se acuerda de lo que pido, seguramente para vos soy el tipo del aceite.
— Poca gente compra esa marca.
— Hoy no vengo por el aceite.

La chica pensó que iba a decir "Hoy vengo por vos", pero al ver que callaba tuvo que tomar ella la palabra.

— ¿Qué necesita?
— Necesito que me responda a algunas preguntas.

Aquello cada vez pintaba mejor. La dependienta volvió a tocarse la trenza y notó cómo sus lentes se empañaban.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas




lunes

Escritor malo

Fue durante aquella época y durante aquellas calles cuando se encontró con la mujer que vomitaba.

Primero encontró su vómito y lo apuntó en su libreta porque tenía que escribirlo todo como un escritor malo a la búsqueda de historias. 

Días después encontró a la mujer que vomitaba. Primero le dio asco, después pena y por último sintió una atracción morbosa y decidió conocerla aunque para ello tuviera que usar su condición de policía.

Nazaré Lacano, Cuentos de Parque Chas





Recurrente

En su búsqueda Darío pasó más tiempo del necesario recorriendo las calles en torno al supuesto lugar del crimen. Hubo gente que empezó a reconocerlo y algunos a saludarle. La mayoría pensaban que era policía y los que no lo pensaban creían que era un pobre loco jugando a ser policía. Todos tenían razón.

Pasaron varias estaciones climatológicas durante los días de calle de Darío. En la de las lluvias empezó a fantasear con estar en un país cálido, en un sitio cutre de ricos cutres con sombrillas de paja y tumbonas con rayas azules sobre cualquier fondo. Y el mar, y las chicas claro. 

Darío se pasó una mañana entera fantaseando con una chica a la que solo sabía ponerle el rostro de la empleada de la ferretería donde compraba el aceite especial para su arma reglamentaria. La muchacha no era especialmente linda, pero aquella imagen recurrente, como la lluvia, debía tener alguna razón de ser.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

domingo

Curarse

Siempre estoy curándome de algo que me ha herido.


[…] Pendo de un hilo. Cualquiera,  con  un  movimiento  de  tijeras,  puede  cortarlo. 

 

Rafael Chirbes, Diarios. A ratos perdidos

Reflexión muy corta

Creo que los escritores deberían hablar poco en privado y nada en público, creo que deberían escribir poco o, en su defecto, escribir mucho y corregir mucho más, hasta que quede poco. 

Creo que deberían leer más a otros escritores, pero solo a los que merezca la pena leer. Y escuchar solo a los que sepan hablar, que son muy pocos.

Terry Salgado

sábado

Esa pasta viscosa

Una noche, en el hotel, me meto en la cama con un libro de cuentos de la autora desconocida. Trato de buscar algo, como una lectora con pretensiones, como una señorita apasionada de un club de lectura para listos.


Hace tiempo que sé que no soy lista así que salgo pronto de ese fango. Entro en otro, en esa pasta viscosa que solo ocurre de noche, en medio de ese silencio inexplicable que a veces se produce en edificios del centro de ciudades grandes y ruidosas como Madrid. Es el momento en el que lo de dentro se mezcla con lo de fuera.


Las historias, a pesar de estar llenas de artificios y de lugares comunes penetran en mí como un amante desapasionado. Van socavando mi interior con lentitud y habilidad y, en su avance, van enseñándome rincones olvidados o de los que ignoraba su existencia.


La mayoría son historias de muertos y pienso que esta cabrona es una morbosa que tiene algún problema grave en su cabeza, necrofilias enfermizas de las que trato de alejarme porque no soporto que las lance de forma tan simplona en esos cuentitos para monjas. Después voy sucumbiendo como una colegiala inexperta; y frase a frase, caricia a caricia, veo que no, que solo es una pobre mujer atada a muchos cuerpos, que es muy vieja aunque no lo sepa porque está rodeada de gente que ya no existe y que se ve obligada a rebuscar entre despojos de difuntos. 

Tardo en dejarme llevar, en reconocer que entre esos despojos a veces encuentra una belleza inexplicable.


Cuando ya el sueño me hace dar cabezadas, cuando la pasta viscosa se confunde conmigo, me doy cuenta de mí misma y de que yo también escribo demasiado sobre muertos, míos o de otros, y de que ya no me producen angustia, pena o temor, que los reconozco, que yo también soy vieja de repente.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

Hacer tiempo

Nos pasamos la vida buscando si hay algún método para viajar al pasado o al futuro, cuando lo verdaderamente complicado es permanecer en el presente. 


Basta con quedarse quieto para viajar al futuro de forma inevitable. A la vez, ‘Vivir’, para mí es “hacer tiempo” entre otras cosas porque resulta coherente con ‘Morirse’, que en mi Verbolario es “hacer sitio” (risas).


Rodrigo Cortés

viernes

La vergüenza

Temo que me vean vomitar no por el acto físico, del mismo modo que no temo las peleas por el dolor. 


Lo que temo es la vergüenza que produce el corrillo de curiosos que se agrupa alrededor de las peleas. 


Toteking, Búnker



jueves

Cosas que nunca podré hacer

Veo pasar por la place Falguiére a un muchacho barbudo que lleva a una adolescente en una moto y me digo: ¡esta es una de las cosas que ya nunca podré hacer! 


Julio Ramón Ribeyro. Prosas apátridas

Vida destilada

Estar vivo es enormemente aconsejable para el estilo y la creación. 

Todo parte de estar vivo y de tener una cierta cantidad de vida detrás. Todo acto de creación es vida destilada.


Rodrigo Cortés

Un sentimiento difuso

Condujo por una avenida muy larga, cada pocos metros se detenía en un semáforo en rojo. Ana Isabel, que estaba sentada a su lado, se quejaba cada vez que paraban. 

Él quiso explicarle que no era culpa suya, pero prefirió no decir nada porque desde que habían subido al coche  Anabel solo usaba expresiones ásperas y sabía que si se acercaba demasiado podía cortarse. La lengua de Anabel, sus palabras, iban de lo áspero a lo cortante. Estaba pensando en todo eso cuando sonó una sirena de una ambulancia. Se asustó y quiso echarse a un lado, pero la ambulancia pasó por el carril de enfrente, a su izquierda.

— Nunca sé por donde vienen. Esas sirenas son un horror.

Ana Isabel quiso decir que el horror era él, pero su propia lengua le pesaba demasiado en la boca y prefirió no decir nada, ni siquiera entornó los ojos. Miró por el espejo de su derecha cómo se alejaba la ambulancia y tuvo una especie de nostalgia o de premonición, un sentimiento difuso que se evaporó en cuanto él puso el coche en marcha hasta el siguiente semáforo.

Terry Salgado, El informe amarillo

miércoles

La nueva vida

Sintió que su vida se estaba volviendo del revés cuando empezó a hacer todas aquellas estupideces que hacía cuando tenía veinte años y que, ahora, ya no le parecían mal.


Ahora, por ejemplo, cuando iba en autobús imaginaba que era él el que iba conduciendo su propio coche, y la persona que se sentaba a su lado era alguien conocido, su hermano, su padre, un compañero de trabajo (si se trataba de hombres); su hermana, su madre, una compañera de trabajo o su novia/esposa (si se trataba de mujeres).

Hacía lo mismo en la cola de la farmacia y en la pescadería.


Terry Salgado, El informe amarillo


Disimular

Descubrió que no se expresaba bien, que cuando hablaba solía parecer estúpido. Es por eso que empezó a escribir, porque parecía menos estúpido tonto, porque disimulaba mejor.

Terry Salgado, El informe amarillo

martes

Vanidad

Cuando algo corre el riesgo de parecer inteligente rompo enseguida un vaso.  


Rodrigo Cortés

Ser otro

La Policía Nacional ha detenido en la localidad madrileña de Móstoles a un menor de edad que se hacía pasar por médico de emergencias y asistía a enfermos en sus viviendas, y llegó a contratar un servicio de ambulancias con el que acudía a los avisos domiciliarios.

El menor llamaba a los servicios de emergencias, identificándose como médico, para preguntar si había algún aviso urgente y se hacía cargo del mismo. Además de la asistencia domiciliaria, este individuo trasladó a un enfermo a un centro sanitario, donde solicitó su ingreso, señala la Jefatura Superior de Policía de Madrid en una nota.

https://elpais.com/espana/madrid/2022-11-02/