El detective simplón, permítanme que le llame así, empezó a buscar como hacen todos los detectives, por calles húmedas de los barrios bajos, doblando con seguridad impostadas esquinas manchadas con orines de perros y hablando con frases cortas a las chicas que habitaban aquellos barrios y aquellas calles.
La doña, en su torpeza de escritora autocomplaciente, le había inventado a aquellas chicas un pasado complejo y laberíntico sin saber siquiera dibujarles ni el rostro, ni sus vestiditos ajustados y pretendía escribir una historia sórdida con la mirada con la que las niñas de los barrios ricos se asoman a las calles que huelen a orines.
Para hacerlo todo aún más falso metió al detective en un tugurio lleno de marineros y música de Jimmy Hendrix y, cuando lo sacó la niebla invadía la ciudad, una ciudad que se parecía a Madrid, pero que no se privaba de llamarla portuaria en una de cada tres páginas.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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