jueves

Las lluvia de monedas

El dormitorio era demasiado grande para una sola persona. La cama estaba deshecha, muy bien deshecha, con pulcritud, como si hubiera costado el mismo esfuerzo que hacerla.

Darío buscó entre las sábanas. Le pareció que aún estaban calientes y retiró la ropa con cuidado hacia los pies de la cama. Se imaginó que era un marido cariñoso preparando el lecho. Observó que en el lado izquierdo había una forma redondeada, una especie de huella que la presión de un cuerpo pequeño había ido dibujando a lo largo de los años. 

Cuando estaba imaginando a quién pertenecería el cuerpo que podía haber perfilado esa huella, oyó un estruendo metálico sobre su cabeza. A modo de lluvia de cobre, un puñado de monedas se estrelló sobre el otro lado del techo del dormitorio. Darío pudo ver, como si el techo fuera transparente como monedas de todos los tamaños caían de los bolsillos del pantalón del vecino del piso superior.

Y la lluvia de monedas tardó un rato, demasiado rato, en parar.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

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