Esa pasta viscosa
Una noche, en el hotel, me meto en la cama con un libro de cuentos de la autora desconocida. Trato de buscar algo, como una lectora con pretensiones, como una señorita apasionada de un club de lectura para listos.
Hace tiempo que sé que no soy lista así que salgo pronto de ese fango. Entro en otro, en esa pasta viscosa que solo ocurre de noche, en medio de ese silencio inexplicable que a veces se produce en edificios del centro de ciudades grandes y ruidosas como Madrid. Es el momento en el que lo de dentro se mezcla con lo de fuera.
Las historias, a pesar de estar llenas de artificios y de lugares comunes penetran en mí como un amante desapasionado. Van socavando mi interior con lentitud y habilidad y, en su avance, van enseñándome rincones olvidados o de los que ignoraba su existencia.
La mayoría son historias de muertos y pienso que esta cabrona es una morbosa que tiene algún problema grave en su cabeza, necrofilias enfermizas de las que trato de alejarme porque no soporto que las lance de forma tan simplona en esos cuentitos para monjas. Después voy sucumbiendo como una colegiala inexperta; y frase a frase, caricia a caricia, veo que no, que solo es una pobre mujer atada a muchos cuerpos, que es muy vieja aunque no lo sepa porque está rodeada de gente que ya no existe y que se ve obligada a rebuscar entre despojos de difuntos.
Tardo en dejarme llevar, en reconocer que entre esos despojos a veces encuentra una belleza inexplicable.
Cuando ya el sueño me hace dar cabezadas, cuando la pasta viscosa se confunde conmigo, me doy cuenta de mí misma y de que yo también escribo demasiado sobre muertos, míos o de otros, y de que ya no me producen angustia, pena o temor, que los reconozco, que yo también soy vieja de repente.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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