Raquel llegaba a la oficina todos los días a las ocho y cinco minutos. El señor Vargas, que era muy estricto con todos nosotros, nunca le dijo nada por esos cinco minutos de retraso. Parecía que todo se debía a que la ducha de Raquel tenía un pequeño problema y el agua caliente tardaba cinco minutos en salir por la alcachofa.
Era comprensible, nadie lo mencionó nunca.
Raquel llegaba todas las mañanas sonriente, daba los buenos días y se sentaba a su mesa, tras abrir su ordenador recibía la primera llamada, entonces se levantaba y caminaba, muy cerca de mi mesa, en dirección al despacho de Vargas. Cuando pasaba dejaba un rumor de hojas mojadas y yo aspiraba hondo y en silencio, cerrando los ojos, imaginándola durante esos cinco minutos de espera, apartada en una esquinita de su ducha mientras el agua iba tomando la temperatura ideal.
Terry Salgado, El informe amarillo
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