En uno de sus cuentos encontré a un personaje simplón, poco llamativo, sin atractivo. Aquel personaje, sin embargo, debía tener algún ingrediente adictivo, una especie de glutamato literario que me hacía imposible dejarlo. Miré las páginas que tenía aquel relato, las pasé con cuidado para no leer de forma accidental algo que me desvelara la trama. En realidad no había trama que desvelar, el personaje deambulaba por el cuento como un parado deambula por las calles del centro de lunes a viernes.
Treinta y seis páginas. No estaba mal para no tener trama.
Volví atrás, busqué el punto y a parte en el que me había refugiado y continué leyendo con la curiosidad morbosa de saber dónde llevaría aquel camino entre algodones. Aquel personaje resultó ser un detective poco atractivo en medio de un caso que alguien le había encargado por medio de una carta y que había sido pagado generosamente para que encontrara a una mujer desaparecida.
El detective simplón se definía a sí mismo como un hombre en el que se podía confiar e inició la investigación a pesar de no saber ni quién le había contratado ni a quién tenía que encontrar.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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