Hacía seis meses que la mujer del ascensor se encontró por primera vez con un hombre que no era su marido.
Media hora después de salir de casa entraba en un departamento de un bloque lujoso en Puerto Madero, con moqueta en el suelo y muebles de madera en cada rellano. El olor era seco, cargado, un olor como de terciopelo verde.
Poco antes de llegar llovió de improviso y sin ganas, y la mujer llegó con los pies mojados y dejó sus huellas en la moqueta. Sus huellas eran pequeñas y puntiagudas, de zapatos de tacón negro.
El portero debía darle la llave, la mujer tragó saliva antes de dirigirse a él y, un poco antes del encuentro, disimuló su miedo exagerando sus movimientos, pisando fuete y moviendo las caderas.
El portero la miró de forma neutra.
La llave y el portero eran pequeños, simples, fríos, y a los dos les brillaba algo por dentro. Ella sabía que todo estaba en su imaginación, pero le pareció que había visto a aquel hombre en alguna parte, que quizás conocía a su marido, o a alguno de sus amigos o a sus cuñadas. Le atemorizaba que conociera a alguna de sus cuñadas.
En un instante le entró tanto miedo que estuvo a punto de volver a casa. Pero le aterraba más dar la vuelta así que consiguió extender la mano derecha y recibir la llave.
Tenía razón, el portero la conocía. Mucho más de lo que ella pensaba. Desde mucho antes de lo que ella habría podido temer.
Se llamaba Roberto Grana, y en una ocasión, un domingo de madrugada en la que ella salió de un lugar que no desea recordar se cruzó con él. Unos pasos más adelante se cruzó con un hombre parecido, pero con menos dominio sobre sí mismo. El hombre del segundo cruce agarró a la mujer, que entonces no tendría más de veinte años, y la amenazó con una navaja.
Roberto Grana oyó cómo el filo salía de entre las dos mitades de nácar, se giró y dio un grito, en ese momento su voz no se parecía a su voz. También su rostro adquirió otra forma, y sus ojos se afilaron.
Golpeó al asaltante con sus puños como si le fuera la vida en ello, la navaja ya daba vueltas por el asfalto y sus manos estaban entumecidas. Cuando le separaron del delincuente miró hacia atrás buscando el rostro agradecido de la chica, que ya no estaba allí.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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