Condujo por una avenida muy larga, cada pocos metros se detenía en un semáforo en rojo. Ana Isabel, que estaba sentada a su lado, se quejaba cada vez que paraban.
Él quiso explicarle que no era culpa suya, pero prefirió no decir nada porque desde que habían subido al coche Anabel solo usaba expresiones ásperas y sabía que si se acercaba demasiado podía cortarse. La lengua de Anabel, sus palabras, iban de lo áspero a lo cortante. Estaba pensando en todo eso cuando sonó una sirena de una ambulancia. Se asustó y quiso echarse a un lado, pero la ambulancia pasó por el carril de enfrente, a su izquierda.
— Nunca sé por donde vienen. Esas sirenas son un horror.
Ana Isabel quiso decir que el horror era él, pero su propia lengua le pesaba demasiado en la boca y prefirió no decir nada, ni siquiera entornó los ojos. Miró por el espejo de su derecha cómo se alejaba la ambulancia y tuvo una especie de nostalgia o de premonición, un sentimiento difuso que se evaporó en cuanto él puso el coche en marcha hasta el siguiente semáforo.
Terry Salgado, El informe amarillo
No hay comentarios:
Publicar un comentario