domingo

Salvar a la dama

— No se preocupe, detective, no tendrá que jugar al ajedrez para conseguir ninguna pista. Hablaré gratis.

A Darío le ofendió el comentario.

— ¡Qué lástima! es un ajedrez precioso y creo que necesita algo de acción, si se fija bien la dama blanca está engordando y los alfiles tienen aspecto de barriletes.

RF sonrió, pero no entró a la provocación.

— Si le gusta el ajedrez sabrá que un buen jugador nunca se sienta delante de un tablero antes de las tres de la tarde.
— Me gusta el ajedrez pero no los protocolos ni las supersticiones.
— Pues este caso que se trae entre manos, detective, me temo que está repleto.

RF le pidió a Darío que se sentara en el sofá mientras él lo hacía en otro a su derecha. La chica colombiana comenzó a recoger las piezas del tablero que estaban colocadas tal y como quedaron en la última partida, el rey negro estaba derribado frente a un caballo y una torre blanca.

— ¿Le dieron jaque con la torre?
— Sí, anoche mismo, me avergüenza mucho morir bajo el acoso de una de las torres, fue como sucumbir por asedio.
— ¿Y sus tropas?
— Se entretuvieron tratando de salvar a su dama.

Darío se fijó bien, la dama negra no estaba en el tablero.

— Por lo que veo su dama hacía tiempo que estaba perdida.
— Me refiero a su dama, detective, la mujer que ha perdido y que yo le puedo ayudar a encontrar.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


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