Me gustaba hacer de todo, "chica para todo" lo llaman, aunque hay que tener cuidado con las palabras.
Hay trabajos en los que por un momento pierdes la noción del tiempo y del espacio, esos son los mejores.
Empecé repartiendo publicidad de un buffet en la Gran Vía.
Me dedicaba a asaltar a los viandantes y prometerles el paraíso en forma de festín. Acabé sabiendo quién alargaría la mano y quién no, quién me miraría a los ojos y quién pasaría a través de mí como si fuera invisible. Es una experiencia sublime la de ser invisible.
En una ocasión decidí seguir a una parejita de treintañeros que me pasaron por encima sin ni siquiera mirarme. Eran turistas, avanzaron hacia Callao y bajaron por Preciados hacia la Puerta del Sol. A penas hablaban entre ellos, la chica se paraba en los escaparates y a veces comentaba algo, el chico solo asentía y caminaba con la mirada perdida, antes de llegar a Sol propuso comer algo. Ella sonrió y cuando se dio la vuelta allí estaba yo con mis flyers de la mano.
— Es un buffet estupendo —le dije— por 9,50 podéis comer todo lo que queráis, la bebida va a parte.
La chica tomó el papel y dijo gracias. El chico me miró desorientado. Me vi obligada a presentarme.
— Soy la de antes, la mujer invisible.
— ¿Perdona?
— Soy la mujer invisible, a veces me aparezco y ofrezco un deseo.
— Disculpa, pero no tenemos nada.
— No te pido dinero, es más te regalo un deseo. Si eres muy básico puedes pedirme un menú gratis en el buffet.
— ¿Gratis?
— Pero solo si eres muy básico. Si eres más complejo puedes imaginar algo más divertido.
La palabra divertido le gustó menos que menú gratis, tiró el flyer al suelo, agarró a la chica por el brazo y siguieron su camino.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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