miércoles

Bebida a parte

Compaginé mi papel de falsa escritora con el de superviviente en Madrid.

Me gustaba hacer de todo, "chica para todo" lo llaman, aunque hay que tener cuidado con las palabras.

Hay trabajos en los que por un momento pierdes la noción del tiempo y del espacio, esos son los mejores.

Empecé repartiendo publicidad de un buffet en la Gran Vía. 
Me dedicaba a asaltar a los viandantes y prometerles el paraíso en forma de festín. Acabé sabiendo quién alargaría la mano y quién no, quién me miraría a los ojos y quién pasaría a través de mí como si fuera invisible. Es una experiencia sublime la de ser invisible.

En una ocasión decidí seguir a una parejita de treintañeros que me pasaron por encima sin ni siquiera mirarme. Eran turistas, avanzaron hacia Callao y bajaron por Preciados hacia la Puerta del Sol. A penas hablaban entre ellos, la chica se paraba en los escaparates y a veces comentaba algo, el chico solo asentía y caminaba con la mirada perdida, antes de llegar a Sol propuso comer algo. Ella sonrió y cuando se dio la vuelta allí estaba yo con mis flyers de la mano.

— Es un buffet estupendo  —le dije—  por 9,50 podéis comer todo lo que queráis, la bebida va a parte.

La chica tomó el papel y dijo gracias. El chico me miró desorientado. Me vi obligada a presentarme.

— Soy la de antes, la mujer invisible.
—  ¿Perdona?
—  Soy la mujer invisible, a veces me aparezco y ofrezco un deseo.
—  Disculpa, pero no tenemos nada.
—  No te pido dinero, es más te regalo un deseo. Si eres muy básico puedes pedirme un menú gratis en el buffet.
— ¿Gratis?
— Pero solo si eres muy básico. Si eres más complejo puedes imaginar algo más divertido.

La palabra divertido le gustó menos que  menú gratis, tiró el flyer al suelo, agarró a la chica por el brazo y siguieron su camino.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


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