lunes

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En este libro pródigo en paradojas resulta vano trazar categorías. Mac, como ciudadano y marido, será todo lo mediocre que se quiera. 


A la hora de expresarse por escrito se muestra, sin embargo, denso y complejo, virtudes que comparte con el libro de Vila-Matas. Mac es consecuencia de su texto. Sin texto no habría Mac. Y lo contrario, tampoco. Se me mete ahora Flaubert en el discurso: Madame Bovary, c’est moi. Y de forma parecida, Mac es Vila-Matas, pero Vila-Matas no es Mac como Flaubert no era Madame Bovary, aunque sí al revés.

Al igual que Alonso Quijano, Mac ha leído mucho y desea traspasar los límites de la vivencia cotidiana. El manchego quiso ser personaje de novela y, de hecho, lo fue al precio de una transformación que dio lugar a uno de los libros mayores de la literatura universal. 

Mac, más modesto en su propósito, se conformaría con ser autor. No lo mueve la ambición del arte ni aspira a la originalidad. Él se propone reescribir la novela primeriza, defectuosa, de su vecino Ander Sánchez. Eso sí, modificándola. De otro modo bastaría el plagio. Aquí no están en juego trampas ni negocios, sino cuestiones intelectuales de gran calado vinculadas al ejercicio de la escritura.

Fernando Aramburu, Mac el modificador

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