El chófer iba trajeado y hablaba con un acento suave e irreconocible, como los emigrantes de segunda generación. Lorenzo comenzó la actuación en cuanto cerramos las puertas. Era muy amable y me daba cierta lástima engañarlo.
— Necesito ir enseguida a una clínica dental, o un dentista particular, no somos de Buenos Aires, ayúdenos por favor.
El conductor quedó por un momento descolocado.
— No sé dónde llevarle señor, a estas horas las clínicas están cerradas.
— Amigo, desde hace hora y media vivo en el infierno, lléveme a algún sitio donde puedan quitarme esta jodida muela. Me da igual un dentista que un barbero, pero llévenos por favor.
— Si quieren puedo acercarles a una farmacia.
— Nada de boticas. Estoy hasta arriba de analgésicos, necesito un dentista. ¿No hay dentistas en esta ciudad?
— Déjeme mirar el celular a ver si hay alguno cerca que esté de guardia.
Lorenzo empezó a agitarse por el taxi, se pasaba las manos por los cabellos y después las ponía sobre su cara, cuando las retiraba estaba pálido y con los ojos morados y llenos de lágrimas.
El chófer se giró hacia nosotros.
— Hay uno en Junín, si lo desean le llamo, aunque no sé si atenderá llamadas a estas horas.
— Llame por Dios — le supliqué mientras rodeaba con mi brazo derecho a Lorenzo.
La llamada surtió efecto, el chófer habló durante un par de minutos con alguien, lo hacía con delicadeza, pero consiguió la cita. Nos llevó por el camino más corto, se saltó algún disco en rojo y aparcó sobre la acera. Temí que Lorenzo se la jugara y le dijera que no tenía dinero o que todo era una broma, pero le estrechó la mano y le dio una propina desproporcionada.
A las dos y media de la madrugada un dentista de la embajada checa nos atendía en una pequeña consulta ubicada en su domicilio. Nos abrió la que parecía ser su esposa, una mujer de pelo rojo que salió abotonándose su bata de enfermera. Nos saludó con mucha amabilidad, y antes de pasar a la clínica nos extendió una factura.
— Disponemos de Visa y Master Card, pero si llevan pesos se lo agradezco.
La mujer hablaba un español demasiado neutro, casi como el taxista. Lorenzo sacó la cartera y dejó varios billetes sobre una mesita de caoba, la mujer sonrió, recogió la plata y dio las gracias pronunciando la ce sin esfuerzo.
En ese momento apareció el dentista, vestía una camisa azul cielo muy planchada y un pantalón beige sujeto por un cinturón caro. Parecía un actor de cine y, cuando llegó a nuestra altura, me sonrió, aunque solo le estrechó la mano a Lorenzo.
— Discúlpenme— dijo sonriendo— mi esposa y yo venimos del teatro, si llaman un poco antes no me hubieran encontrado.
— ¿Qué han visto? — le preguntó Lorenzo, que ya había olvidado su muela.
— ¡Ah! — sonrió el checo— ¿son aficionados al teatro? Para nosotros es la vida.
— Mucho —dijo Roberto con rotundidad— puede decirse que estamos aquí por el teatro.
— Creí que estaban aquí porque le dolía una muela.
— Y me duele, pero es por el teatro.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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