miércoles

El misterio de la bañera

Jonás me contó que un día descubrió que su bañera tenía dos desagües. Inmediatamente pensó en Borges y en Millás, e imaginó a un hombre en todo igual a él —y a la vez en con todo a la inversa como ocurre con los espejos—  que vivía en las antípodas o, y esto era más inquietante, en el apartamento de al lado.

Al pensar en su otro yo australiano o neozelandés Jonás se fijó en la dirección en la que giraba el remolino de agua de cada sumidero y, efectivamente mientras que el situado a su izquierda lo hacía hacia la derecha, el situado a su derecha lo hacía hacia su izquierda en una especie de broma física que le tuvo cavilando durante unos minutos sobre la dirección de las agujas del reloj y que acabó en un estornudo metafísico debido a que su cuerpo mojado estaba perdiendo temperatura.

Como era sábado, Jonás tuvo tiempo para tratar de solucionar el misterio de su bañera, primero estuvo haciendo memoria y enumeró los bares que visitó la noche anterior y lo que consumió en cada uno de ellos, llegó así a la conclusión de que tres cervezas, dos chupitos de color azul y tres copas sacadas de una botella etiquetada con el dibujo de un jefe indio mesoamericano, no eran motivo suficiente para aquella alucinación, ni siquiera tenía sensación de resaca ni su mente parecía especialmente afectada, es más la ducha le había sentado de maravilla y el desayuno sobre el que vertía estos pensamientos le estaba sentando mejor aún.

Decidió entonces echar su memoria más allá aún y se preguntó por qué nunca se había fijado en ese segundo agujero de la bañera, llevaba casi dos años en aquel piso y si bien es verdad que nunca se había dado un baño de los de taponar el desagüe, sí es cierto que se duchaba a diario, y eso eran muchas duchas para haber estado ciego.

Mientras mojaba la magdalena en el café con leche, Jonás reflexionó sobre la gente que vivió allí antes que él, recordaba que el piso se lo compró a una agencia, pero que allí le dijeron que había pertenecido a dos solteronas sobre las que se decían todo tipo de chismorreos, tenían una edad avanzada y cuando una de ellas murió, la otra vendió el piso y se fue a una residencia de ancianos. 

Los chismorreos que Jonás había oído no pasaban de las insinuaciones a su sexualidad y a un estilo de vida que no se correspondía con el resto de propietarios. Jonás pensó que aquel podía ser un buen camino para su investigación y apuntó en un papel "antiguas propietarias", después bebió un sorbo de la taza y se abrasó el labio superior.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

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