La chica sabía bastante de ángeles y de diablos porque había dedicado muchas horas a su estudio después de que un día, en el metro, alguien le hubiera dicho que era un ángel.
Se trataba de una mujer que al dirigirse a la puerta del vagón, dispuesta a abandonarlo, y aprovechándose de las estrecheces de la hora punta, había acercado sus labios a uno de los oídos de Julia, casi como si fuera a besarla, para susurrarle:
— Chica, eres un ángel.
Juan José Millás, La mujer loca
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