Por las mañanas me quedaba en casa haciendo tareas domésticas.
Compré una bata y unas zapatillas y me imaginaba que era la asistenta de Amparo y de Jorge. Y pasaba el día barriendo el suelo, pasando la mopa, limpiando los cristales de las ventanas, poniendo la lavadora y sacando del desagüe de la bañera los fabulosos matojos de pelos negros que Amparo iba dejando como el que deja una culpa o una amenaza.
Me excitaba la idea de ser una niña bien, una burguesita venida a menos que limpiaba la casa esperando a que sus jefes llegaran a mediodía para comprobar el trabajo y regañarla.
Nazaré Lascano
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