miércoles

Olga III (Retratos en granate)

Antes de que Luis preguntara por Olga el hombre extendió su mano, sonrió y se presentó.

—Soy Juan Luis.
—Yo también me llamo Luis.
—Sí, —el calvo rio— a Olga le gustan los juegos de palabras.

Luis no entendió del todo lo que quería decir, pero se tranquilizó al sentir la mano cálida de aquel hombre apretando la suya.

— ¿Está ella en casa?
— Sí claro, pasa por favor.

Juan Luis cerró la puerta y acompañó a Luis por un pasillo enmoquetado de granate hasta una salita iluminada con lámparas de pie con unas enormes tulipas que reflejaban la luz amarilla en los espejos que cubrían la pared.

—Siéntate, por favor, Olga viene enseguida.

Luis se sintió como si estuviera en la sala de espera del dentista, miró a su alrededor, vio un damero que parecía extenderse hasta el propio suelo de baldosas blancas y negras sobre el que había colocado un enorme globo terráqueo. En la pared, y sobre varias mesitas, varios retratos al óleo de una mujer muy bella en distintas épocas, y que supuso era la dueña de la casa.

Olga tardó más de diez minutos en aparecer, llegó envuelta en un albornoz del mismo tono granate que la moqueta, sujetando un bolso de piel con su mano izquierda.

—Hola Luis —le habló como si ya lo conociera mientras le extendía su mano derecha— discúlpame, pero no encontraba mi bolso.

Olga sacó varios billetes, los dobló  y se los puso en la mano a Luis que ya se había levantado.

—¿Encontraste bien la casa?
—He venido en Uber, así que me ha dejado en la puerta.
—Juan Luis me ha dicho que parecías muy joven.
—No sé, según para quien.

Olga rio.

—Tienes razón. Para él eres muy joven.
—Espero no serlo para ti.

Terry Salgado

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