jueves

Ineludible hombre-rata

Solté aquella tontería de "El final debe ser sorprendente pero, a la vez, ineludible." 

Fue la única manera en la que podía justificar delante de un auditorio demasiado lleno un cuentito demasiado largo de la Doña en la que el asesino era el propio escritor, en este caso escritora.

— Permítame decirle que el final, tras una construcción de la trama tan compleja, me pareció muy forzado.

Un hombre de edad indeterminada y al que, desde mi posición, solo podía distinguir que tenía una boca de rata, tenía toda la razón. Que la escritora fuera la asesina era una tomadura de pelo, por muchos fuegos artificiales que le añadiera en el epílogo. Como no podía hablar en contra de quien me pagaba solté la frasecita. Mucha gente la celebró, pero el aprendiz de rata que me atacaba no quedó conforme.

— Que es sorprendente estoy de acuerdo, ineludible no lo creo, si me permite le diré que la sensación que me da, como lector, es que la trama se le ha complicado tanto que no ha sabido desatarla y ha optado por una salida de emergencia.

No podía consentir que aquel tipo me machacar con tanta razón.

— No me pregunte si "le permito" si luego habla sin mi permiso.

El pobre hombre encajó el golpe con dificultad, en la sala hubo un murmullo sordo, como si un ejército de hormigas rascaran las paredes.

— Perdóneme si la molesté, solo quería darle mi punto de vista.
— Un punto de vista sin duda muy razonable para un lector.

La cara del hombre-rata era ahora un poema.

— No sé qué decirle.
— Con eso quiero decir que como lector puedo entender que le parezca que es un final abrupto, una salida de emergencia, como dice usted, una especie de corte tramposo del nudo gordiano.
— Yo no diría tramposo, solo me parece que...

No le dejé acabar, me parecía que había encontrado el hilo que me conduciría a la salida de aquel embrollo.

— Y que un final metalingüístico es una salida más o menos fácil. Pero como escritora le diré que ese es uno de los finales en los que más he arriesgado en mi vida.

Desde fuera se veía con claridad que me estaba creciendo de una manera peligrosa.

— Un riesgo, amigo mío, querido lector, que me ha expuesto ante el mundo y que me ha traído consecuencias personales que no deseaba.

El hombrecillo, con su micro de la mano, se quedó rígido esperando a que todo aquello acabara. Yo también me quedé callada y solo volví a tomar la palabra cuando el moderador quiso acabar con aquello.

— Cuando la vida se mezcla con la literatura los resultados también pueden ser sorprendentes e ineludibles.

El hombre-rata dio las gracias y soltó el micro como el que suelta un saco de cemento.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas







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