Alguien llamó al timbre de la pensión de Carem un martes de madrugada. Son cosas pequeñas que me gusta saber.
Alguien palpó a oscuras la pared del rellano y pulsó en botón del timbre que se hundió sin ofrecer resistencia.
Carem estaba en su cama, había tomado una pastilla para dormir y no escuchó nada. La mayoría de los huéspedes oyeron el timbrazo. Luis G., un cantante de música melódica que acababa de llegar del club hacía apenas media hora, fue el primero que se levantó, llegó hasta la puerta y miró por la mirilla.
Pudo ver, como si estuviera en una pecera, a una mujer rubia, con tacones altos y un vestido de noche de color rojo.
— ¡Buenas noches!
— Buenas, disculpe, pero la pensión cierra por la noche.
— Necesito entrar, por favor.
— La dueña está acostada y yo no puedo abrirle.
La conversación a través de la puerta era un diálogo inverosímil, casi inventado, sin caras, sin matices, solo terror a un lado y duda al otro.
— Despiértela por favor, es importante. Puedo pagarle, tengo mucho dinero.
Luis quedó herido por el adverbio mucho. ¿Por qué habría dicho "mucho dinero" en lugar de solamente "dinero"?
— No puedo hacer eso. Además, — brevísima pausa— no hay habitaciones libres.
— Puedo quedarme en cualquier sitio, por favor déjeme entrar, me están siguiendo.
El cantante imaginó por un instante que le dejaba su cama a aquella mujer y, dando por buena la idea, giró la llave y abrió la puerta.
Delante de él una mujer de casi 1,80 de altura, completamente vestida de rojo, con una maleta y con aspecto de no estar allí. Al verse las caras no se reconocieron, Luis pensó que esa no era la persona con la que había estado hablando a través de la puerta, le pareció más delgada, más guapa, más inquietante y, por tanto, vio imposible que aceptara quedarse en su habitación.
La mujer se coló entre el cuerpo de Luis y el marco de la puerta y, una vez dentro, le enseñó un fajo con billetes.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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