Una historia fracasa si se justifica con un muerto.
Puede haber muertos en sus páginas como los hay en las aceras, en las casas y en los hospitales, pero no puede justificarse con uno.
Me resisto a encajar las piezas con ese recurso, porque es de mala escritora y de mala persona viva.
— Tu padre, Darío, los muertos de la morgue...
— Darío no está muerto, sigue teniendo cosas que decir.
— Lo mataste de un disparo en la cabeza.
— Lo más suave que pude, apenas rozándole en cuero cabelludo.
— Tan suave que no es creíble, no puedes matarlo tan mal.
— Me daba pena.
— ¿Matarlo o dispararle en la cabeza?
— Quería tratar bien su cadáver, como se hace con la gente que quieres.
— No se mata a la gente que quieres.
— No, al menos conscientemente.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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