En una época de abusos, o de ego no dominado, Darío se dedicó a pasearse los días festivos por el puerto y parar furgonetas, camiones y turismos destartalados.
A veces solo los perseguía con su propio auto, se colocaba detrás de un vehículo sospechoso y lo seguía por toda la ciudad imaginando qué ocultaría en su caja.
Cuando el conductor se daba cuenta de que Darío le seguía empezaba a manejar de forma extraña, girando de repente, tomando calles secundarias o metiéndose por direcciones prohibidas. En ocasiones, cuando no aguantaban más, el tipo paraba y bajaba del carro. Alguno salía con un bate, una barra de hierro o cualquier objeto en la mano y se dirigía furioso a Darío que entonces se bajaba lentamente de su auto, sacaba la placa o dejaba ver su arma y disfrutaba viendo la cara descompuesta del conductor al que, a continuación, obligaba a abrir el maletero o las puertas traseras de su camión para que lo vaciara en la calzada y le enseñara todo lo que transportaba.
Aquella afición le duró poco tiempo a Darío, se dio cuenta de que cada automóvil que paraba tenía algo que ocultar y que la emoción se venía abajo porque, casi siempre, la mercancía era de lo más vulgar.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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