El cuerpo fue encontrado por Luis Gándara a las seis cuarenta de la mañana cuando tomó el ascensor para bajar al garaje.
Gándara era empleado público en la oficina de patentes. En alguna ocasión sintió deseos de robar alguna, y soñó con hacerse rico y con todos los lujos absurdos que sueñan los oficinistas sin dinero, pero su cobardía se lo impidió.
No conocía a la muerta. Esa mañana llamó al ascensor, como siempre, pero a diferencia de otros días, el elevador tardó menos en llegar, eso quería decir que no estaba en el bajo, como el resto de las mañanas, sino un par de pisos más arriba. Luis Gándara vivía en el sexto, así que el ascensor debía de estar en el segundo o en el tercero.
Estuvo a punto de saludar al cadáver que alguien había colocado en la esquina del ascensor atado con dos correas a los agarradores del fondo de tal manera que no se pudiera mover.
Se trataba de una mujer de entre treinta y cuarenta años, vestida con un traje chaqueta, como el que usan las ejecutivas de las multinacionales que visitan los jueves la oficina de patentes. No la conocía, aunque tenía un rostro común que le era familiar. Tenía los labios amoratados y, quizás por ello, le pareció una mujer bella.
Luis pulsó el botón del garaje y bajó al sótano acompañado de aquel cuerpo que sacó del ascensor arrastrándolo. Cuando pulsó el interruptor pudo ver a la mujer bajo la luz blanca que le daba un aspecto más amenazante que irreal.
El cuerpo, arrastrado por el asfalto hizo un ruido que nunca había escuchado y cuando llegó a la puerta de su cochera lo dejó apoyado contra una columna marcada con varias señales negras, unas rozaduras con aspecto de borrón pertenecientes a su propio automóvil.
Antes de meterla en la cochera Luis se dio cuenta de que la muerta había perdido, como Cenicienta, uno de sus zapatitos de tacón.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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