Había mentido tanto en las recepciones de los hoteles durante tanto tiempo que cuando me hice pasar por la Doña no me supuso ningún esfuerzo.
En realidad tenía poca emoción porque nadie conocía su rostro y yo podía ser ella o cualquier otra. Me acostumbré a que me llamaran por su nombre y ya no atendía por el mío. Acabé oyendo mi nombre como una de esas palabras extrañas que a fuerza de decirlas parecen ridículas, aunque había llegado a ese punto por el camino contario, el del silencio.
Durante un tiempo Lorenzo y yo usamos nombres falsos en los hoteles, en los restaurantes y en cualquier sitio público donde hubiera que identificarse. Fue una época fabulosa donde todo en nuestras vidas era falso, el dinero, la matrícula del auto, los carnets de identidad.
La gente con la que nos cruzábamos nos tenían por amantes, pero éramos falsos amantes, y nosotros nos teníamos por delincuentes, pero éramos falsos delincuentes.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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