sábado
Roberto Grana
Hacía seis meses que la mujer del ascensor se encontró por primera vez con un hombre que no era su marido.
Media hora después de salir de casa entraba en un departamento de un bloque lujoso en Puerto Madero, con moqueta en el suelo y muebles de madera en cada rellano. El olor era seco, cargado, un olor como de terciopelo verde.
Poco antes de llegar llovió de improviso y sin ganas, y la mujer llegó con los pies mojados y dejó sus huellas en la moqueta. Sus huellas eran pequeñas y puntiagudas, de zapatos de tacón negro.
El portero debía darle la llave, la mujer tragó saliva antes de dirigirse a él y, un poco antes del encuentro, disimuló su miedo exagerando sus movimientos, pisando fuete y moviendo las caderas.
El portero la miró de forma neutra.
La llave y el portero eran pequeños, simples, fríos, y a los dos les brillaba algo por dentro. Ella sabía que todo estaba en su imaginación, pero le pareció que había visto a aquel hombre en alguna parte, que quizás conocía a su marido, o a alguno de sus amigos o a sus cuñadas. Le atemorizaba que conociera a alguna de sus cuñadas.
En un instante le entró tanto miedo que estuvo a punto de volver a casa. Pero le aterraba más dar la vuelta así que consiguió extender la mano derecha y recibir la llave.
Tenía razón, el portero la conocía. Mucho más de lo que ella pensaba. Desde mucho antes de lo que ella habría podido temer.
Se llamaba Roberto Grana, y en una ocasión, un domingo de madrugada en la que ella salió de un lugar que no desea recordar se cruzó con él. Unos pasos más adelante se cruzó con un hombre parecido, pero con menos dominio sobre sí mismo. El hombre del segundo cruce agarró a la mujer, que entonces no tendría más de veinte años, y la amenazó con una navaja.
Roberto Grana oyó cómo el filo salía de entre las dos mitades de nácar, se giró y dio un grito, en ese momento su voz no se parecía a su voz. También su rostro adquirió otra forma, y sus ojos se afilaron.
Golpeó al asaltante con sus puños como si le fuera la vida en ello, la navaja ya daba vueltas por el asfalto y sus manos estaban entumecidas. Cuando le separaron del delincuente miró hacia atrás buscando el rostro agradecido de la chica, que ya no estaba allí.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
miércoles
Apagar la luz
Abrió al azar, un día de octubre escrito en bolígrafo azul y con excelente caligrafía:"Abrir la persiana a las nueve y media P.M. Mirar a Marian. No olvidar apagar la luz del dormitorio".
Jorge sintió un vértigo extraordinario. Dio vueltas por el departamento, sintió algo parecido a un escalofrío y una excitación animal, sexual". Buscó la dirección por todas partes.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
lunes
No ser
Soy una escritora sin lectores.
Antes fui:
una querida sin amantes,
una prostituta sin clientes.
una conductora sin frenos.
O quizás fue al revés
una amante,
un cliente.
unos frenos.
O quizás fue verdad,
y no soy.
Nazaré Lascano
viernes
Enrique en el ascensor
Vivía ya en Madrid. Me gustaba aquel chico, aunque era muy joven y estaba gordito. Me gustaba encontrármelo en el ascensor y poder mirarle de cerca mientras él miraba el móvil o abría una carta. Olía a papel y a algo metálico.
Un día le pregunté por su carta.
— ¿Buenas noticias?— ¿Qué?— La cartita, si son buenas noticias, a menudo solo se reciben cartas del banco, facturas y cosas así.— Ya... Esta no es del banco.
Enrique se parecía a Enrique VIII de jovencito, por eso le llamaba así.
— ¿No te han dicho que te pareces a Enrique VIII?
Enrique puso una cara rara, pero me sonrió, yo respiré aliviada.
— ¿A Enrique VIII? ¿Quién es Enrique VIII?— Fue un rey inglés, mandó ejecutar a Ana Bolena.
El ascensor paró en mi piso.
— No tendré más remedio que buscarlo en Internet.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
jueves
Las lluvia de monedas
El dormitorio era demasiado grande para una sola persona. La cama estaba deshecha, muy bien deshecha, con pulcritud, como si hubiera costado el mismo esfuerzo que hacerla.
Darío buscó entre las sábanas. Le pareció que aún estaban calientes y retiró la ropa con cuidado hacia los pies de la cama. Se imaginó que era un marido cariñoso preparando el lecho. Observó que en el lado izquierdo había una forma redondeada, una especie de huella que la presión de un cuerpo pequeño había ido dibujando a lo largo de los años.
Cuando estaba imaginando a quién pertenecería el cuerpo que podía haber perfilado esa huella, oyó un estruendo metálico sobre su cabeza. A modo de lluvia de cobre, un puñado de monedas se estrelló sobre el otro lado del techo del dormitorio. Darío pudo ver, como si el techo fuera transparente como monedas de todos los tamaños caían de los bolsillos del pantalón del vecino del piso superior.
Y la lluvia de monedas tardó un rato, demasiado rato, en parar.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
Líneas de vulgaridad
Decidí ser escritor para escapar de la vulgaridad, hasta que empecé a escribir novelas vulgares y me reconocí en cada línea.
Terry Salgado
miércoles
Levantarse con los lectores
No está bien conocer a los lectores.
No está bien escribir frases ingeniosas sin ensayar en la primera página de un libro dedicado, junto a una firma ensayada.
No está bien responder a las cartas, mucho menos si son manuscritas, ni a los tweets, ni a ningún tipo de mensaje, sean o no declaraciones de amor.
No está bien responder a sus llamadas ni siquiera disimulando la voz.
No está bien quedar con ellos en una cafetería porque pensarán, en su complejo de lector, que están siendo carne de novela y actuarán como personajes sin alma, o lo que es peor, como personajes de cuento con final cerrado.
No está bien, por último, acostarse, ni aún menos levantarse, con los lectores sean del sexo que sean.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
Perder por costumbre
Solo he perdido el público que nunca he tenido.
Albert Pla
martes
El cuerpo de Cenicienta
El cuerpo fue encontrado por Luis Gándara a las seis cuarenta de la mañana cuando tomó el ascensor para bajar al garaje.
Gándara era empleado público en la oficina de patentes. En alguna ocasión sintió deseos de robar alguna, y soñó con hacerse rico y con todos los lujos absurdos que sueñan los oficinistas sin dinero, pero su cobardía se lo impidió. No conocía a la muerta. Esa mañana llamó al ascensor, como siempre, pero a diferencia de otros días, el elevador tardó menos en llegar, eso quería decir que no estaba en el bajo, como el resto de las mañanas, sino un par de pisos más arriba. Luis Gándara vivía en el sexto, así que el ascensor debía de estar en el segundo o en el tercero.
Estuvo a punto de saludar al cadáver que alguien había colocado en la esquina del ascensor atado con dos correas a los agarradores del fondo de tal manera que no se pudiera mover.Se trataba de una mujer de entre treinta y cuarenta años, vestida con un traje chaqueta, como el que usan las ejecutivas de las multinacionales que visitan los jueves la oficina de patentes. No la conocía, aunque tenía un rostro común que le era familiar. Tenía los labios amoratados y, quizás por ello, le pareció una mujer bella.
Luis pulsó el botón del garaje y bajó al sótano acompañado de aquel cuerpo que sacó del ascensor arrastrándolo. Cuando pulsó el interruptor pudo ver a la mujer bajo la luz blanca que le daba un aspecto más amenazante que irreal.
El cuerpo, arrastrado por el asfalto hizo un ruido que nunca había escuchado y cuando llegó a la puerta de su cochera lo dejó apoyado contra una columna marcada con varias señales negras, unas rozaduras con aspecto de borrón pertenecientes a su propio automóvil.
Antes de meterla en la cochera Luis se dio cuenta de que la muerta había perdido, como Cenicienta, uno de sus zapatitos de tacón.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
domingo
Devolver el bocado al plato
No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados.
Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato.
Javier Marías, Corazón tan blanco
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miércoles
La espera de Lucio
En contra de lo que cualquier escritora pudorosa pudiera decir. Lucio no era repulsivo. Sus manos no eran gruesas y ásperas y su cabello no era grasiento. Es cierto que olía mal, pero era por culpa de los cubos de basura donde se escondía.
Cuando yo volvía casa por las noches lo imaginaba bajando de su casa con cualquier excusa, metiéndose en el cuarto de la basura y esperando a que yo llegara en medio de el olor y de la oscuridad. ¿En qué pensaría Lucio durante todo aquel tiempo?
Se entretendría recordando los partidos de San Lorenzo o quizás solo escuchaba, muy atento, los ruidos del portal, a la gente que subía o bajaba, al ascensor chirriando y el reloj de la escalera corriendo, desbocado en su cuenta atrás.
Seguro que su ritmo cardiaco se aceleraba tanto como el mío cuando se acercaba la hora, seguro que él también tenía miedo cuando me oía abrir la puerta del portal.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
La caja de los hilos
Hay quien piensa, a veces yo misma, que salí de Buenos Aires por el asunto de Lucio.
No salí por Lucio, ni por el revólver, ni siquiera por la muerte del viejo. Si salí fue por encontrarme lo suficientemente lejos para entender, para recolocar toda la literatura que el tiempo y el barrio habían construido, como un puzle en el que no encajan las piezas, en mi pobre cabeza.
Es cierto que cuando llegué a Madrid solo pensaba en el asunto de Lucio y que estuve un tiempo durmiendo poco y mirando en los armarios y debajo de la cama. Todo es cierto, pero solo vine acá para encontrar otro aire, otra gente, otras reglas del juego en mi propio idioma. Sé que suena a boludez pero la patria es el idioma y yo solo sé escribir en español, aunque sea tan mal, tan fragmentario, tan lleno de calles cortadas y de hilos perdidos.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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martes
Falsos delincuentes
Había mentido tanto en las recepciones de los hoteles durante tanto tiempo que cuando me hice pasar por la Doña no me supuso ningún esfuerzo.
En realidad tenía poca emoción porque nadie conocía su rostro y yo podía ser ella o cualquier otra. Me acostumbré a que me llamaran por su nombre y ya no atendía por el mío. Acabé oyendo mi nombre como una de esas palabras extrañas que a fuerza de decirlas parecen ridículas, aunque había llegado a ese punto por el camino contario, el del silencio.
Durante un tiempo Lorenzo y yo usamos nombres falsos en los hoteles, en los restaurantes y en cualquier sitio público donde hubiera que identificarse. Fue una época fabulosa donde todo en nuestras vidas era falso, el dinero, la matrícula del auto, los carnets de identidad.
La gente con la que nos cruzábamos nos tenían por amantes, pero éramos falsos amantes, y nosotros nos teníamos por delincuentes, pero éramos falsos delincuentes.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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sábado
La mirada de las niñas ricas
El detective simplón, permítanme que le llame así, empezó a buscar como hacen todos los detectives, por calles húmedas de los barrios bajos, doblando con seguridad impostadas esquinas manchadas con orines de perros y hablando con frases cortas a las chicas que habitaban aquellos barrios y aquellas calles.
La doña, en su torpeza de escritora autocomplaciente, le había inventado a aquellas chicas un pasado complejo y laberíntico sin saber siquiera dibujarles ni el rostro, ni sus vestiditos ajustados y pretendía escribir una historia sórdida con la mirada con la que las niñas de los barrios ricos se asoman a las calles que huelen a orines.
Para hacerlo todo aún más falso metió al detective en un tugurio lleno de marineros y música de Jimmy Hendrix y, cuando lo sacó la niebla invadía la ciudad, una ciudad que se parecía a Madrid, pero que no se privaba de llamarla portuaria en una de cada tres páginas.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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viernes
Vulgar
En una época de abusos, o de ego no dominado, Darío se dedicó a pasearse los días festivos por el puerto y parar furgonetas, camiones y turismos destartalados.
A veces solo los perseguía con su propio auto, se colocaba detrás de un vehículo sospechoso y lo seguía por toda la ciudad imaginando qué ocultaría en su caja.
Cuando el conductor se daba cuenta de que Darío le seguía empezaba a manejar de forma extraña, girando de repente, tomando calles secundarias o metiéndose por direcciones prohibidas. En ocasiones, cuando no aguantaban más, el tipo paraba y bajaba del carro. Alguno salía con un bate, una barra de hierro o cualquier objeto en la mano y se dirigía furioso a Darío que entonces se bajaba lentamente de su auto, sacaba la placa o dejaba ver su arma y disfrutaba viendo la cara descompuesta del conductor al que, a continuación, obligaba a abrir el maletero o las puertas traseras de su camión para que lo vaciara en la calzada y le enseñara todo lo que transportaba.
Aquella afición le duró poco tiempo a Darío, se dio cuenta de que cada automóvil que paraba tenía algo que ocultar y que la emoción se venía abajo porque, casi siempre, la mercancía era de lo más vulgar.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
miércoles
Formato reducido
Cada película es una vida en formato reducido y cuando acaba, cuando se rompen brutalmente esos lazos tan apretados que nos unían a los actores, a los técnicos, es como una muerte.
La película se estrena en las salas, se convierte en algo de todo el mundo. Dos horas de su tiempo, dos años del nuestro. Qué oficio tan extraño.
Louis Malle
lunes
Que no se salga un punto de la verdad
Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza.
Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
domingo
La afición de Ricardo Risueño
Ricardo Risueño hacía cosas que nadie esperaba de él. Debe ser por eso que me gustaba.
En una ocasión arrojó billetes desde el balcón de su departamento. Se trataba de la pensión de su vieja, no había discutido, ni había tomado demasiado, ni estaba enfermo, simplemente una tarde se levantó de una larga siesta y fue directo a una cajita de bombones donde la madre guardaba el dinero, agarró un puñado de pesos, abrió la puerta del balcón y los tiró.
No terminó ahí esa afición. Días después tiró toda su ropa y en verano arrojó sus libros, entre ellos uno que yo le había regalado. Aquello me gustó más aún que lo de la plata.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
viernes
El hombre común
Su obra es el desconcierto del hombre común ante las terribles circunstancias de la vida, la tragedia que todos escondemos es que no hemos conseguido ser los héroes de nuestras propias vidas.
¿Cómo vamos a pretender saber la verdad cuando en todo hemos fracasado?
Canal Angustia y desorden, sobre la obra de Julio Ramón Ribeyro
jueves
Lo excelente
La preparé con mucho cuidado. Escribí y reescribí un guion con muchas notas, con muchos ejemplos, con mucho interés.
Tenía pensado llegar, sentarme delante de mis alumnos y no decir nada durante diez minutos. Lo hice.
Después esperaría a que alguno dijera algo para empezar. Ninguno dijo nada.
Pensé, recuerden que por entonces yo era muy ingenuo, que todo estaba saliendo bien, mejor incluso de lo que pensaba, y seguí callado. Alguien más listo que yo dijo en alguna ocasión que lo excelente a menudo es enemigo de lo bueno. Y aquello fue excelente. La clase duró cincuenta y cinco minutos y nadie dijo una sola palabra.
Cuando terminó salimos todos en silencio.
No me permitieron dar clase nunca más en aquel centro, todo fue tan bien que el silencio continúa.
Roberto
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