Cuando llegué a casa Ana María se fijó en que tenía el zapato derecho desatado.
— ¿Dónde estuviste? ¿vienes de casa de Amapola?
No dije nada, y ya no hablamos hasta la cena. A las nueve y media Ana María me pidió que pusiera la mesa, pero al colocar los cubiertos puse un tenedor de más.
— ¿Y eso? ¿esperas a alguien?
Me puse colorado. Tampoco dije nada esta vez.
Después de cenar me armé de valor y le propuse a Ana María jugar a indios, nos metimos bajo las sábanas y encendí la linterna. Estuvimos un buen rato riendo hasta que, entre las sombras, de forma fugaz, apareció Amapola.
— ¿Quieres dejar de pensar en ella, por favor?
Terry Salgado
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