Sé que Ricardo Risueño me escribía. No me mandaba cartas, ni notitas cursis, me escribía literalmente, es decir, me reinventaba sobre el papel.
Lo supe porque un día hurgué entre sus cuadernos. Me sentí mal después de hacerlo, pero mientras lo hacía disfruté mucho, como ocurre con los dulces o con el sexo con alguien que sabes no te conviene.
El sexo también era la columna de aquella relación con Ricardo, a pesar de que era demasiado literario sabía usar mi nombre para ensuciarlo con palabras húmedas. Me encantaba leerlo, es más, era mejor leerlo que practicarlo.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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