Me compré un revólver. No me gustaba llamarlo pistola, sino revólver. Era pequeño, pesado, me avergonzaba sentirme segura con él en la mano, o en la mochila, debajo de una chaqueta de punto arrebujada.
Lo compré por el asunto de Lucio, y porque era muy joven y pensaba las cosas demasiado Hoy no lo hubiera comprado. Hoy, cuando escribo esto, quiero decir, quizás en el futuro tenga otra opinión.
Todo salió bien, o mal, según se mire.
Lucio se aparecía en las escalera cuando volvía a casa por las noches. Siempre sonreía, me llamaba princesa, a veces se escondía junto a los cubos de basura, entonces olía a desperdicios mezclados con la goma negra de los contenedores.
Abría mucho los ojos y la boca.
Me esperaba porque una vez le di conversación, siempre hablaba de fútbol y de carreras de autos o de caballos, solo sabía de deporte y contaba que él también había jugado un año en los juveniles de San Lorenzo y había cuidado un pura sangre al que tuvieron que sacrificar, y que antes hacía campeonatos de autos y pudo ser muy bueno, pero pasó lo de las Malvinas y tuvo que dejarlo porque corría para una marca inglesa.
Casi prefería que me asustara porque todo acaba antes. Cuando lo hacía, yo salía corriendo hacia el interior del portal buscando el interruptor de la luz, y aprovechaba para subir las escaleras de dos en dos y entrar en casa con el corazón acelerado.
A veces miraba por la mirilla y podía verlo jadeando como un anciano, con las manos apoyadas en la pared y murmurando.
No dije nada porque el viejo le tenía ganas y me daba lástima. Es por eso que compré el revólver, por eso y porque una noche trató de desabrocharme la trenca y empezó a tocarme la cara.
Nazaré Lacano, Cuentos de Parque Chas
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