Lorenzo no conocía el romanticismo, creía que el amor era un adjetivo para definir un tipo de cine y que la poesía solo estaba en los libros de lectura de las escuelas o en las cabezas inmaduras de las adolescentes.
Sabía, aunque nunca lo habló con nadie, que el mundo es solo prosa, también sabía que las historias pueden empezar o no como una comedia, pero que indefectiblemente terminan como una tragedia.
Puede que Lorenzo confundiera los géneros, pero no confundía la vida. Conocía el ritmo de cada estrofa aunque no supiera su nombre, y sabía que la estructura clásica de introducción, nudo y desenlace es una patraña que siempre funciona, incluso en un poema.
Fue por eso que encontró sin buscarlos unos versos sencillos, pero rotundos y claros en el cuerpo desigual de Rebeca. Entre las sábanas blancas la chica escribía, rimaba y contaba sílabas con los dedos como el que cuenta besos. Una vez recorrida y recitada cada estrofa Lorenzo pudo encontrar en el sexo de Rebeca unos versos tan jugosos que a punto estuvo de olvidar sus planes y dejarse perder.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
No hay comentarios:
Publicar un comentario