lunes

Carta a los corintios

Lupe salvó a Sergio Mata como Jesucristo salvó a la humanidad.

Lupe tendría que salir en la Biblia, quizás en una de las cartas enviadas por Pablo a los corintios, estoy segura de que Lupe hubiera salvado también a los corintios.

Sergio tenía una capillita montada en su cuarto, estaba en una esquina entre la cama y la estantería en la que había colocado una imagen de la Virgen con el niño en brazos. Era una figura amable que imitaba una talla románica. La Virgen tenía una media sonrisa, una sonrisa misteriosa más bella y más misteriosa que la de la Mona Lisa. El niño también sonreía y miraba hacia un lado, justo donde Sergio tenía sus libros de ufología.
 
Lupe entró en la habitación de Sergio como Jesús en el templo. Estuvo un rato mirando entre sus libros, abriendo sus cajones y tocando sus cosas. Cuando se fijó en la capilla, se volvió hacia Sergio.

— ¿Rezas mucho Sergio Mata?


Sergio negó con la cabeza.

— No rezo mucho, pero rezo bien.
— ¿Cómo es eso? ¿con mucha pasión?
— No sé, pero lo que le pido a la Virgen siempre me lo concede.
— ¿Aunque se un pecado?
— Yo no pido nada que sea pecado.
— ¿No me has pedido a mí?


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas







Cosas pequeñas que me gusta saber

Alguien llamó al timbre de la pensión de Carem un martes de madrugada. Son cosas pequeñas que me gusta saber. 

Alguien palpó a oscuras la pared del rellano y pulsó en botón del timbre que se hundió sin ofrecer resistencia.

Carem estaba en su cama, había tomado una pastilla para dormir y no escuchó nada. La mayoría de los huéspedes oyeron el timbrazo. Luis G., un cantante de música melódica que acababa de llegar del club hacía apenas media hora, fue el primero que se levantó, llegó hasta la puerta y miró por la mirilla.

Pudo ver, como si estuviera en una pecera, a una mujer rubia, con tacones altos y un vestido de noche de color rojo.

— ¡Buenas noches!
— Buenas, disculpe, pero la pensión cierra por la noche.
— Necesito entrar, por favor.
— La dueña está acostada y yo no puedo abrirle.

La conversación a través de la puerta era un diálogo inverosímil, casi inventado, sin caras, sin matices, solo terror a un lado y duda al otro.

— Despiértela por favor, es importante. Puedo pagarle, tengo mucho dinero.

Luis quedó herido por el adverbio mucho. ¿Por qué habría dicho "mucho dinero" en lugar de solamente "dinero"?

— No puedo hacer eso. Además, — brevísima pausa—  no hay habitaciones libres.
— Puedo quedarme en cualquier sitio, por favor déjeme entrar, me están siguiendo.

El cantante imaginó por un instante que le dejaba su cama a aquella mujer y, dando por buena la idea, giró la llave y abrió la puerta. 

Delante de él una mujer de casi 1,80 de altura, completamente vestida de rojo, con una maleta y con aspecto de no estar allí. Al verse las caras no se reconocieron, Luis pensó que esa no era la persona con la que había estado hablando a través de la puerta, le pareció más delgada, más guapa, más inquietante y, por tanto, vio imposible que aceptara quedarse en su habitación. 

La mujer se coló entre el cuerpo de Luis y el marco de la puerta y, una vez dentro, le enseñó un fajo con billetes. 

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

domingo

Mediana edad

La camarera vivía en una casa rodeada de barrotes. 
Cuando recibía visitas primero se extrañaban, después preguntaban y por último se estremecían. 

El bloque donde vivía la camarera había sido un sanatorio para enfermos mentales, se había ido reformando, se había añadido un piso, se había cambiado la fachada, derruido las habitaciones y construido los baños. Pero los barrotes rodeando el edificio seguían allí.

Nadie se atrevía, ni tampoco querían quitarlos. Algunos, los vecinos más mayores, por la idea absurda de que siempre estuvieron allí, los de mediana edad porque se sentían seguros y los más jóvenes porque les daba una especie de originalidad, de recuerdo trágico, como el que tiene un tatuaje carcelero en el antebrazo o un antepasado muerto en la guerra.

La camarera, que no era mayor ni de mediana edad, algunas noches olvidaba las llaves de la verja en casa.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

viernes

El interior del encuadre

Hay, pues, una cosa que todo cineasta debería admitir, y es que, para conseguir el realismo en el interior del encuadre previsto, tendrá que aceptar una gran irrealidad del espacio circundante. 

Por ejemplo, un primer plano de un beso entre dos personajes que se supone que están de pie, se conseguirá tal vez colocando de rodillas a los dos personajes encima de una mesa de cocina.

Françoise Truffaut, El cine según Hitchcock

Concédame crédito

[
] me ocurre algo parecido a aquello que le decía Sterne a sus lectores: que no se dejaran guiar por las apariencias y tuvieran paciencia. 

Él le decía al lector: "Aguante conmigo y déjeme proseguir y contar mi historia a mi manera. Y si de vez en cuando parece que me entretengo con tonterías por el camino ---- o que a veces durante unos segundos y mientras pasamos de largo, me pongo un cucurucho con un cascabel, ---- no se esfume usted, ---- sino más bien concédame cortésmente crédito y confíe en que en mí hay más sabiduría de la que muestran las apariencias; ---- y a medida que avancemos dando tumbos y a trompicones, bien ríase usted conmigo, o bien hágalo usted de mí, o en suma, haga lo que prefiera ---- pero no pierda usted nunca el humor".

jueves

Carecer de ambiciones

Es más fácil encontrar gente que odie a los literatos (o a un literato en concreto) que a un amanuense. Desde que existe la humanidad, los hombres jamás se cansarán de odiar en los demás lo que ellos mismos querrían ser, sin poder llegar a serlo. 

¿Y quién no desea la sabiduría o, por lo menos, el brillo que da la sabiduría que se supone que tiene a su alcance alguien que es escritor? 

El amanuense, en cambio, no despierta recelos ni envidias. Es una figura modesta, simpática. Carece de ambiciones y, por tanto, no molesta. Se limita a copiar lo que hacen los otros.

La costurera polar, Amanuense

Otros interlocutores lejanos

En esta tragedia, el fatum, el elemento sombrío y mágico, es el teléfono. Está escrita en los años veinte: se estrenó en 1930, y todavía quedaban los teléfonos de manivela, la operadora, las líneas cortadas, las intromisiones de otras voces y otros interlocutores lejanos. 

Un arranque de siglo donde las técnicas entraban directamente en casa y perturbaban.

Eduardo Haro Tecglen, La tragedia está al aparato, El País

Boda real

«No teníamos ni idea de lo que iba a pasar», relata en su perfil de TikTok el novio, Vicente Desantes, un guionista de musicales que se marchó a estudiar fuera de Valencia, que volvió a la capital del Turia para la 'no-boda', y que le tocó ser uno de los dos grandes protagonistas del evento por sorteo. 

Sus amigos repartieron los roles por azar: él y una chica que no conocía fueron los novios, mientras otros se metieron en la piel de los suegros, de los padrinos y del resto de invitados.

Pese a ser un matrimonio ficticio, la realidad es que dio el pego y allá donde fueron convencieron a los presentes de que se trataba de una boda. 

Según relata el novio, sólo conocía la hora y la ubicación de la iglesia, en pleno centro de Valencia. Allí, se congregaron todos los invitados, ataviados con trajes y vestidos de alto 'standing'. Hasta convencieron a varios agentes de la Policía de que era un evento nupcial para poder aparcar en la puerta, disparar una traca y tirarles arroz (luego lo recogieron con varias escobas que portaban).

David Maroto, ABC

miércoles

Esto no es real

El mundo no se mueve sobre la realidad, sino sobre la percepción de la realidad.

Sneakers (Phil Alden Robinson, 1992)

lunes

Un billete de cien pesetas

El desarrollo del debate fue una continua ceremonia de la confusión y de la provocación. Arrabal pidió al auditorio, una aplastante mayoría de militantes libertarios, que los anarquistas rezaran para que España volviera a ser la de Santa Teresa, San Juan de la Cruz y el Quijote y reivindicó para los anarquistas "el derecho a que se les aparezca, como a mí, la Virgen María".

[...] Cuando un veterano militante cenetista manifestó en su intervención estar de acuerdo con parte de lo que Arrabal decía, éste se encaramó en su silla y se subió de pies a la mesa de presidencia, sacando su cartera e insistiendo en darle un billete de cien pesetas al citado cenetista. La escena provocó la hilaridad general.

Solo regalos

A Ramón le conocían en el barrio como Muertod'hambre.

Todos sabían que no tenía ningún trabajo con el que ganarse la vida y que pedía sin vergüenza y sin remordimientos. Y todos le daban lo que podían. Si, por ejemplo, una vecina hacía la compra en el súper o en la carnicería, le decía al tendero "Ponme algún filete más para el Muerto'dhambre" y a Ramón nunca le faltaba de nada.

Era algo así como el pobre del barrio, pero no exactamente porque si algún pobre de los de verdad pedía de verdad en alguna esquina, Ramón también le daba lo que podía, hasta que empezó a ir a misa y a oír aquello de lo sagrado de las limosnas y lo maravilloso de la caridad, y le pareció tan horrible que ya no dio ni un solo peso. 

Él, por su parte, no recibía caridad, solo regalos.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas



domingo

Las mazmorras

Vamos a cenar a casa de Sebastián Gasch. Cerca del Paralelo, en un ático, Como tantos "intelectuales", lo más cerca del cielo posible. Gran panorama. 
Por lo visto, en general, creen que la naturaleza —directamente—  inspira. 

Olvidan las mazmorras, que, al fin y al cabo, no son tan malas, y que el espíritu está encerrado, sin luz, en el laberinto de la circunvoluciones de la materia gris y en la cárcel ósea de la calaca, como decimos.

Max Aub, La gallina ciega

Memorabilia

A sus 54 años y con once películas a la espalda, la alambicada afición de Anderson al juego de muñecas rusas fluye en
Asteroid City

Un decorado dentro de otro decorado y otro hasta configurar un mosaico de minirrelatos, memorabilia, canciones y símbolos tan encerrados en sí mismos que por momentos el espectador corre el riesgo de quedarse al otro lado del espejo. 

Elsa Fernández Santos, El País

sábado

El cuaderno verde

Jusep Torres Campalans es un personaje inventado por el escritor Max Aub (París, 1903 - Ciudad de México, 1972). A pesar de no haber existido más allá de la ficción, Aub inventa la biografía completa de Campalans y crea más de treinta obras y varios dibujos que llegan incluso a ser expuestos en dos ocasiones en la galería Excelsior de México en 1958 y en la Bodley Gallery de Nueva York en 1962. Aub concibe a Campalans como un pintor cubista, hijo de payeses que emigra a París. En esta ciudad entra en contacto con las vanguardias y confraterniza con artistas como Pablo Picasso, Amedeo Modigliani o Piet Mondrian. Tras el estallido de la Gran Guerra, Campalans se traslada a México para acabar sus días en un lugar remoto de la región de Chiapas.

Para los estudiosos de Aub, este heterónimo es un pretexto creado por el escritor para reflexionar en torno a las vanguardias. El origen del personaje tiene lugar por primera vez en la minuciosa biografía titulada Jusep Torres Campalans, donde Aub describe a modo de monografía artística cómo fue el descubrimiento en Chiapas de la figura de Campalans y cómo inició el trabajo de investigación en torno a él. En este mismo libro, Aub narra la vida del pintor, aporta reflexiones y comentarios de Campalans encontrados en el “cuaderno verde” y añade las supuestas conversaciones mantenidas entre ambos durante su único encuentro en San Cristóbal de las Casas.

viernes

Imágenes mal pegadas

El revólver entre las sábanas le trae muchos recuerdos a Lorenzo. Son imágenes desordenadas, recortadas y mal pegadas. Retales de su adolescencia con su viejo en un bloque de pisos tan iguales que los inquilinos se confundían de puerta y de vida.

Fue su viejo el que a los quince años le dio a elegir entre una navaja y una pistola.

— Si eliges la navaja  elegirás a la familia, pero tendrás que ocultar tu miedo, aprovechar tu momento, ser sibilino siempre y un salvaje cuando haga falta. Si eliges a la familia no estarás solo nunca, pero nunca tendrás tranquilidad.

— ¿Tú qué elegiste?
— Si eliges la pistola no tendrás gloria, no tendrás familia, pero tendrás el futuro en tus manos.
— ¿Tú que elegiste?
— Yo, igual que mi padre, elegí la navaja.
— Yo elijo la pistola.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

jueves

La justicia y el buen castellano

Los estudiantes, los boticarios, los catedráticos y los tipógrafos echaron a Alfonso XIII. ¡Lo hicimos tan bien! Y no éramos tontos, sólo engreídos y sin condiciones de mando.

Aparte de eso, muy liberales y contrarios a la quema de conventos. No, no soy partidario de convertirlos en cenizas. No: yo no soy político. A mí me interesa la justicia y el buen castellano; con eso, como comprenderéis no se va muy lejos.

Max Aub, La gallina ciega

martes

La gente que quieres

Una historia fracasa si se justifica con un muerto.

Puede haber muertos en sus páginas como los hay en las aceras, en las casas y en los hospitales, pero no puede justificarse con uno.

Me resisto a encajar las piezas con ese recurso, porque es de mala escritora y de mala persona viva. 

— Tu padre, Darío, los muertos de la morgue...
— Darío no está muerto, sigue teniendo cosas que decir.
— Lo mataste de un disparo en la cabeza.
— Lo más suave que pude, apenas rozándole en cuero cabelludo.
— Tan suave que no es creíble, no puedes matarlo tan mal.
— Me daba pena.
— ¿Matarlo o dispararle en la cabeza?
— Quería tratar bien su cadáver, como se hace con la gente que quieres.
— No se mata a la gente que quieres.
— No, al menos conscientemente.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


domingo

Todos los cuadrantes

¿A quién se le ocurrió pensar que la vida no tenía más que un sentido? (A la derecha o a la izquierda, de ida y no de vuelta). ¿Cómo pudo creerse que va siempre en la misma dirección? ¿Quién no vio que la derecha de uno es la izquierda del otro, si se enfrenta; de uno mismo en el espejo? 

La vida, como el viento, tiene todos los cuadrantes a su disposición. A nadie se le ocurrió pensar que el viento soplara siempre en la misma dirección.

Max Aub, La gallina ciega

martes

La religión de la gratuidad

Françoise Truffaut:
 Vuelvo a la escena del avión en el desierto. El aspecto seductor de esta escena reside en su misma gratuidad. Es una escena vacía de toda verosimilitud y de toda significación; el cine, practicado de esta manera, se convierte realmente en un arte abstracto, como la música. Y esta gratuidad, que a menudo se le reprocha, constituye precisamente el interés y la fuerza de la escena. 

[] no habría que reprocharle nunca la gratuidad en sus films, pues practica la religión de la gratuidad, el gusto por la fantasía fundada en el absurdo.

Françoise Truffaut, El cine según Hitchcock

lunes

Veinte años

El mañana siempre es, aunque no queramos, de los jóvenes. Los soldados tienen, desde la Revolución francesa, alrededor de veinte años.


Max Aub, La gallina ciega

viernes

Pobre Prometeo

En el sótano me acordé de Amparo en el mismo momento que Leire Mendoza nos dejó a oscuras. Si, como decía Amparo, yo era ciega sin saberlo podría adaptarme sin problemas a aquel hábitat.

La oscuridad tiene poco que ofrecerte, pero si estas dentro más te vale no tener que defenderte.

La oscuridad tiene pocas salidas. La oscuridad es el principio y el fin y solo hay salida cerrando los ojos, mintiendo y soñando.

Es maravilloso darse cuenta de que en los sueños hay luz.

Pensé en lo feliz que parecía Amparo y llegué a la conclusión de que todo lo que representaba era mentira. Nadie puede ser feliz dentro de su mundo, siempre dentro.

Mi paso por ahí me hizo pensar en tantas cosas que tuve que empezar a escribirlas. Los primeros capítulos deslavazados de los Cuentos de Parque Chas los escribí a oscuras. Ahora ya se entiende que sean tan fragmentarios. Siento romper el mito o la idea que ustedes se hayan hecho sobre este puzle.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

jueves

Figuritas

Debía tener diez años cuando Ramón Estévez pidió a Dios con todas sus fuerzas que en un sobre de
figuritas cromos le entrara un jugador al que llamaban el Invisible.

Nadie había visto nunca a aquel futbolista y el Parque se dividía entre los que creían en el Invisible y los que decían que aquel cromo era mentira, que era un timo, que nunca existió.

Por aquella época Ramón tenía muchas peticiones que hacerle a Dios: aprobar inglés, que apareciera una pulsera de oro que su vieja había perdido o que Rita Llorente, de 6º grado, le invitara a su fiesta de cumpleaños.

Ramón pidió todo eso a Dios, pero sabía por experiencia que solo le iba a conceder una de sus peticiones.

Por suerte le concedió la que más necesitaba.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

Ineludible hombre-rata

Solté aquella tontería de "El final debe ser sorprendente pero, a la vez, ineludible." 

Fue la única manera en la que podía justificar delante de un auditorio demasiado lleno un cuentito demasiado largo de la Doña en la que el asesino era el propio escritor, en este caso escritora.

— Permítame decirle que el final, tras una construcción de la trama tan compleja, me pareció muy forzado.

Un hombre de edad indeterminada y al que, desde mi posición, solo podía distinguir que tenía una boca de rata, tenía toda la razón. Que la escritora fuera la asesina era una tomadura de pelo, por muchos fuegos artificiales que le añadiera en el epílogo. Como no podía hablar en contra de quien me pagaba solté la frasecita. Mucha gente la celebró, pero el aprendiz de rata que me atacaba no quedó conforme.

— Que es sorprendente estoy de acuerdo, ineludible no lo creo, si me permite le diré que la sensación que me da, como lector, es que la trama se le ha complicado tanto que no ha sabido desatarla y ha optado por una salida de emergencia.

No podía consentir que aquel tipo me machacar con tanta razón.

— No me pregunte si "le permito" si luego habla sin mi permiso.

El pobre hombre encajó el golpe con dificultad, en la sala hubo un murmullo sordo, como si un ejército de hormigas rascaran las paredes.

— Perdóneme si la molesté, solo quería darle mi punto de vista.
— Un punto de vista sin duda muy razonable para un lector.

La cara del hombre-rata era ahora un poema.

— No sé qué decirle.
— Con eso quiero decir que como lector puedo entender que le parezca que es un final abrupto, una salida de emergencia, como dice usted, una especie de corte tramposo del nudo gordiano.
— Yo no diría tramposo, solo me parece que...

No le dejé acabar, me parecía que había encontrado el hilo que me conduciría a la salida de aquel embrollo.

— Y que un final metalingüístico es una salida más o menos fácil. Pero como escritora le diré que ese es uno de los finales en los que más he arriesgado en mi vida.

Desde fuera se veía con claridad que me estaba creciendo de una manera peligrosa.

— Un riesgo, amigo mío, querido lector, que me ha expuesto ante el mundo y que me ha traído consecuencias personales que no deseaba.

El hombrecillo, con su micro de la mano, se quedó rígido esperando a que todo aquello acabara. Yo también me quedé callada y solo volví a tomar la palabra cuando el moderador quiso acabar con aquello.

— Cuando la vida se mezcla con la literatura los resultados también pueden ser sorprendentes e ineludibles.

El hombre-rata dio las gracias y soltó el micro como el que suelta un saco de cemento.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas