En mi casa, desde chica, mi viejo era quien se dedicaba a quitar los adornos cuando terminaba la navidad.
Mamá y yo colocábamos el árbol a mediados de diciembre, poníamos unas bolitas que entonces me parecían maravillosas, y después estúpidas, y por último, cuando me fui de casa, maravillosas de nuevo.
Mamá y yo colocábamos el árbol y mi viejo lo quitaba porque a nosotras nos daba una pena íntima y extraña, de fin de fiesta.
Yo daba por hecho que papá no sufría, que era menos sentimental, que no le importaba recoger los restos de la fiesta mientras nosotras dormíamos.
Cuando nos levantábamos el siete de enero no quedaba ningún rastro.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
No hay comentarios:
Publicar un comentario