Darío no soportaba la violencia. Por eso salió en cuanto pudo de las calles y se convirtió en inspector.
No sabía hasta qué punto le parecía un infierno la violencia hasta que la sintió encima.
En una ocasión tuvo que intervenir en una pelea en Padre Mugica.
Iba uniformado, con sus grilletes plateados resplandecientes y su pistola virgen. Alguien, una mujer, llamó a emergencias porque unos tipos habían entrado en un bar y estaban agrediendo a otro hombre. Después se sabría que fue por un asunto de apuestas y de plata.
Darío estaba de patrulla con un compañero que, con intención de asustarle, le iba explicando las aventuras escabrosas que había corrido por el barrio. Darío ensayaba sonrisas y miraba a través de la ventanilla, como buscando a alguien cometiendo un acto ilegal. Sonó el chasquido de la emisora y la centralita les comunicó lo del altercado en Palermo. El conductor giró el automóvil 180 grados y Darío tuvo que agarrarse donde pudo.
La calle estaba llena de gente que apenas se apartaban a su paso, Darío llevaba un nudo en la garganta y se tocaba el arma porque temía que se la robaran. Era la una de la madrugada de un viernes. Una mujer joven se le abalanzó "¡Lo van a matar, agente, lo van a matar! El compañero apartaba a los mirones mientras Darío caminaba sin mover el cuello.
En el bar había un silencio extraño, como si allí no estuviera ocurriendo nada. El compañero le pidió a Darío con un gesto que abriera la puerta. Darío lo hizo y en ese momento sintió en la cara el golpe de una barra de hierro.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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