jueves

Anabel fría

La primera vez que me acosté con Anabel me pareció muy fría. 


La idea era tan simple y rotunda que traté de repensarla durante varios días. Traté de recrear la situación muchas veces y en todas me salía me salía el mismo adjetivo y la misma imagen, Anabel con sus manos frías, con su piel fría, con el vaho saliendo de su boca, con sus pechos cubiertos de escarcha, y yo y mi piel estremeciéndonos en medio de unas sábanas más frías aún.


¿Cómo podía haber pasado?


Fue ella la que me llamó, la que me citó en su casa y en su cama, la que salió a recibirme con un vestido rojo y corto, y labios rojos, y el cabello corto, pero en menos de media hora, antes de que yo hubiera entrado en calor ella ya había puesto en marcha la máquina de nieve. 


Anabel fabricaba nieve bajo las sábanas de su cama. No supe como decírselo, ¿por qué fabricas nieve? ¿por qué la acumulas en la cocina, por el pasillo, en el baño? 

No me atreví, fingí un resfriado y salí al salón a buscar mi ropa, resbalé dos o tres veces antes de salir de su casa. Cuando cerré la puerta le oí decir algo de saber usar las cadenas y de llamar al 112.


Terry Salgado, El informe amarillo



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