Una noche no había nada en la nevera, nada en los armarios, nada de comida por todo el departamento.
Jorge no supo responder, no me dio ninguna explicación a cómo se había vaciado el refrigerador en cuestión de horas.
Me propuso pedir algo por teléfono. Pedimos comida china, nos reímos, olvidé lo de la nevera, le conté algo sobre mi niñez y él sonrió, me abrazó y me besó. Todo parecía verdad, aunque yo sabía que su cabeza andaba en otras cosas.
Al día siguiente bajé al súper y compré mucha comida, un muchacho desgarbado y con el uniforme roto subió el pedido a mediodía, me sonrió y me habló sin mentiras, me enterneció, le abracé y se quedó rígido como un palo. Seguro que luego iría hablando de mí a sus compañeros. Diría que estoy loca.
Cuando regresó Jorge traía varias bolsas con comida. Se enfadó por no haberle dicho que yo misma haría la compra y se marchó con sus bolsas sin decir nada, ni a dónde iba.
Preparé el almuerzo para dos, pero no regresó hasta la noche. Se acostó sin decir nada y yo me fui a casa de mis viejos. Al día siguiente volví y la nevera estaba de nuevo vacía, le pregunté y no supo decir nada coherente.
Después volvió a marcharse y yo comí las sobras del día anterior.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
No hay comentarios:
Publicar un comentario