Poco antes de la pandemia participé en una firma de libros en una ciudad española de interior. Hacía una buena temperatura. Estuve toda la jornada de un aceptable buen humor, hablando con gente de todo tipo y edad. A las 12 me trajeron un bocadillo de tortilla y un café. Firmé cuanto pude, utilicé algunas dedicatorias originales que tengo preparadas para estas ocasiones. Hice incluso algún dibujito horrible del que pronto me arrepentí. Tomé dos Coca Colas y un agua con gas, y cuando todo parecía que iba a acabar con cierta normalidad apareció ella como surgida de un párrafo de una novela mal escrita, el pelo rubio recogido en una coleta espléndida, con una cazadora negra llena de hebillas sobre el brazo izquierdo y mi libro en la mano derecha.
Se acercó a la mesa con buen paso, mirándome a los ojos desde la lejanía, como si me conociera, y cuando estuvo delante puso el libro junto a mis manos.
— Ya lo leí, ya lo tengo, este solo lo he comprado para que me lo firmes.
Yo no podía quitar mi mente de su vida ¿cómo sería su mundo? ¿de dónde vendría? y sobre todo ¿por qué me leía?
No me dio tiempo a hacerme una composición del lugar y del momento, ni de aquel pasado ni siquiera de mi futuro inmediato porque, al dejar el libro junto delante de mí pude ver su brazo estirado y en él, tatuado, mi triste nombre con letras negras, fuertes y rotundas, llenas de una intensidad con la que yo jamás he escrito una sola línea.
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