Marina colocó un maniquí de su marido junto a la puerta del balcón, de manera que desde fuera daba la sensación de que estaba en casa, sentado en una silla en un continuo perfil con la mirada puesta en los tendales del edificio de la izquierda.
En el barrio todos sabíamos que Román, el marido de Marina, era un ser despreciable que gustaba mucho a algunas mujeres, entre ellas mi amiga Jimena. Román se había marchado recién entrada la primavera con una muchachita muy linda que ayudaba en la carnicería de los Newman por las tardes.
La presencia del maniquí en el balcón de Marina se aceptaba con normalidad, igual que se aceptaba que en el barrio aún hubiera calles sin luz eléctrica, que los perros corrieran sin dueño dando vueltas a la plaza o que, cuando llovía en la ciudad, en nuestro distrito no cayera una sola gota.
Había un profesor jubilado, Cosme Volpi, que murió hace años en el asiento de en un colectivo y estuvo dando vueltas durante varios días sin que nadie se diese cuenta. Volpi siempre decía que cuando llegó al barrio descubrió que había ciertas leyes que no se cumplían, aunque a nadie parecía importarle.
Todos decían que el viejo, en cuanto tomaba demasiado, no sabía lo que hablaba.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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