Cuando cumplí los 18 edité con mi propio dinero un librito con cuentos y poemas, yo soñaba con cambiar el mundo con aquel librito.
Traté de dejarlo en algunas librerías, pero solo obtuve buenas palabras y algunas miradas a mis piernas o a mi pecho.
Finalmente, tras muchas vueltas inútiles, decidí empezar a soltar el libro en cualquier parte, a dejarlo solo para que su existencia tuviera algún sentido.
El primer ejemplar lo dejé en la plaza de mi barrio, junto a una fuente en la que jugaba de chica. Estuve casi una hora mirando desde la distancia quién se llevaba mi libro, nadie lo miró siquiera.
Recogí mi librito abandonado e hice una ruta por las bibliotecas públicas, en ninguna de ella se interesaron ni por mi obra ni por mis piernas, así que en un acto de valentía comencé a dejar ejemplares como el que deja una bomba. Cuando los bibliotecarios estaban distraídos colocaba mi libro en una estantería en la sección de narrativa y en un escrupuloso orden alfabético en el que me hacía sitio entre Magdalena Lasala y Scott Lash, o entre Philip Larkin y Antoine Laurin o, más frecuentemente, entre Mariano de Larra y D.H. Lawrence.
Nazaré Lascano, Cuaderno español
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