Planeamos entrar en la casa de los viejos el domingo por la noche. El Luca los conocía bien porque su padre había trabajado con el viejo y a veces coincidían en la bodega de Marcos.
A media noche aún estábamos en los billares, había una tía que no le quitaba ojo al Luca y el muy idiota no quería marcharse, al final fue todo una pérdida de tiempo, la chica solo estaba jugando con él y a la segunda birra desapareció. El Luca estuvo esperándola hasta más de la una y salió a buscarla a la calle. El gordo le amenazó poniéndole una de sus manazas en el cuello y salimos para San Martín en su coche.
Recién llegamos pasó una patrulla de la policía como si fuera un mal presagio. El gordo les saludó mientras les insultaba entre dientes y el Luca y yo reímos como dos críos.
A la una y media ya estábamos delante de la casa de los viejos.
El gordo se quedó al volante de su auto, el cabrón estaba tan tranquilo que hasta cerró los ojos para echar una cabezada.
Tenían las puertas y las ventanas cerradas como si fuera el Banco Nacional, parecía más fácil hacer un agujero en la pared que forzar la puerta. Caminamos por el patio delantero rondando como dos gatos, y al Luca a veces se le escapaba una risita nerviosa hasta que le tenía que mandar callar chistándole.
Acabamos subiendo a un cobertizo cochambroso desde el que alcanzamos una ventanita muy estrecha que habían dejado mal cerrada.
— Menos mal que no vino el Gordo— dijo el Luca en medio de otra de sus risitas.
Entramos sin hacer ruido, aquello parecía un despacho o una pequeña biblioteca, la farola le daba una luz amarilla y había un olor extraño como a tinta dulce.
Terry Salgado, No llames a las cosas por mi nombre
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